La cuaresma, un tiempo de gracia para celebrar la misericordia y la ternura de Dios…

Los cuarenta días que tenemos por delante, a partir del miércoles de ceniza, son un tiempo de gracia para celebrar la misericordia y la ternura del Señor. Si nos adentramos en la Palabra de Dios cada día, iremos recorriendo un camino que nos despertará en el corazón abierto de un Dios que nos espera con los brazos abiertos, y con un beso de fiesta en cada recodo del camino. El oteará nuestros horizontes para “vernos volver” y se alegrará tanto de nuestro regreso a sus brazos de Padre/Madre que convocará un banquete de fiesta para cantar su amor por cada uno de sus hijos, por cada una de nosotras.

Este tiempo dicen que es tiempo de ayuno, de limosna y de oración. Pero yo pienso que es tiempo… EL TIEMPO por excelencia, del amor. De recuperar en nuestros corazones la energía misma del amor de Dios que ha sido derramada en nuestros corazones por el Espíritu,  y vivir en la esencialidad de nuestra vocación cristiana todo el proyecto del Padre, revelado y hecho realidad en Jesús, que culminará con la explosión de la esperanza sobre el mundo, que es la pascua, la resurrección del Señor.

Por eso la propuesta nuestra es de realizar un camino desde el amor, apoyadas en la ternura y la misericordia de Dios. Alguna vez este camino nos pedirá ayunar, y lo haremos teniendo en cuenta que no solo de pan vive el hombre; otras veces daremos limosna, en la medida de nuestras posibilidades, para acordarnos que no estamos solos en el mundo y que hay mucha gente que no tiene para sus necesidades básicas. Y siempre, todos los días, oraremos al Padre en Espíritu y en verdad. Estas tres dimensiones de la cuaresma, en cuanto a prácticas exteriores, las tenemos más o menos controladas.

El camino del amor en esta cuaresma nos anima:

  • A entrar dentro de nosotras mismas y a experimentar el amor eterno de Dios por cada una. Hacer experiencia de que hemos sido desde siempre amadas y que nuestro Padre/Madre Dios es el Dios fiel, lleno de ternura, misericordia y compasión, lleno de ternura y benevolencia, abundante, rico y generoso en el perdón: “Con amor eterno te he amado y eres mía”
  • A bucear tanto en las gracias recibidas como en los pecados cometidos que empañan el gran proyecto del Padre en la creación entera y en la sociedad. Identificar ese pecado que me aparta,  como si de un hilo conductor se tratara, del sueño eterno del Padre sobre mí.
  • A cultivar este amor en la comunidad con gestos muy concretos, con los gestos sacramentales que nos pide nuestro libro de Vida, las Constituciones. Nos llevará a considerar a cada una de las hermanas como hijas muy queridas del Padre, como los somos nosotras, a las que el Padre ha elegido para compartir entre todas un mismo proyecto vocacional en el seguimiento de Jesús. Basten dos o tres gestos que tendremos todos los días con las hermanas de comunidad.
  • A proclamar con la palabra lo maravilloso que es Dios nuestro Padre para que otros lo conozcan y le amen, y se acabe este mundo sin Dios en el que nos introduce constantemente la cultura moderna. Decir, proclamar, anunciar con frases sencillas que el Padre no es el Dios justiciero y castigador de los moralismos intransigentes, sino el que otea el horizonte de nuestra vida para abrazarnos y  bendecirnos.
  • A orar. Orar intensamente, orar de tal manera que la oración sea el motor integrador de nuestra vida. Que lo que vivamos en la oración como experiencia cultual a través de la meditación de la Palabra, lo vivamos en el día a día en las relaciones comunitarias y en la misión apostólica en gestos concretos de entrega y de amor.

Sería estupendo que nos adentrásemos en este camino, que es un camino de esperanza, de gozo pascual anticipado, de revitalización de la caridad tal como quería el P. Fundador que la viviésemos, de conversión. No hay nada más bello que ponerse en camino y comenzar todos los días el camino. Es una oportunidad que la vida nos regala cada amanecer. Y este camino humano-espiritual se tiene que andar personalmente, nadie puede poner en movimiento nuestro ser si no es el Espíritu dentro de nosotras, que quiere contar con aquello que somos y tenemos para RECREAR EN ESTOS CUARENTA DIAS UNA NUEVA CREATURA. Y es también un camino comunitario, porque este Dios que experimentamos como Padre/Madre amoroso y fiel, confiable y pródigo de nuestro amor es un Dios relacional.

Pues que este tiempo sea para todas nosotras “el tiempo del amor”, de la “nueva oportunidad”, de un “nuevo deseo”. El tiempo también de la “humildad existencial”, porque es allí donde no somos ni nada, ni nadie ni podemos nada, como decían los santos, donde Dios hace maravillas. Que nos duelan los pies del alma durante el camino porque nuestro amor ha sido probado como oro en el crisol.

 

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