Hermana mercedaria, vive la vida ordinaria en la “contemplación para alcanzar amor…”

(Tomado de Radio María)

Hoy compartimos el último día de éstos Ejercicios Ignacianos pero aún nos queda mucho por vivir, y Dios va a seguir trabajando con nosotros, por eso la invitación que nos hace Ignacio al terminar es entregarnos a este amor que Dios brinda y se brinda. Por éste Dios que es amor tenemos que dejarnos llevar, de la mano del resucitado o de María que es la que más nos va a enseñar a amar a Jesús desde Él.

Desde el 284 de la exhortación apostólica “El gozo del evangelio” casi hasta el final, el Papa Francisco los dedica a María que nos enseña cómo vivir la fe. La densidad del alma es el amor, dice San Agustín, y eso se ve claro en la imagen de María, por eso Ignacio nos invita a hacer una contemplación para alcanzar amor. Se trata de una larga meditación que nosotros reduciremos para concentrarnos en lo fundamental. Lo importante es que puedas meterte en este ejercicio que no sólo da término a los Ejercicios sino que vuelve al origen primero: Dios es amor y te ha hecho con amor, y éstos ejercicios ha sido un pequeño caminito para encontrarnos con el amor y desde ahí amar.

Redescubrir a éste Dios que te creó con amor, te acompaña, te lleva a los momentos difíciles y te asegura su compañía, y detrás de todo, está su fuerza y su alegría de resucitado. Ignacio nos invita a agradecer todo lo que hemos vivido en éstos días. Agradecer es un modo de hacerse cargo del don y a la vez prolongar lo que se nos ha dado. No cansarnos de dar gracias de todo lo que has vivido y visto de tu vida a través de ésta experiencia.

Dar gracias por tanto don recibido

Decíamos días atrás que Zaqueo redescubre su generosidad. Quizás comenzaron algunas cositas nuevas, y ahí es donde tenés que agradecer porque va a dar frutos mucho más grandes. Nos dice el Papa Francisco en el número 286: “María es la que sabe transformar una cueva de animales en la casa de Jesús, con unos pobres pañales y una montaña de ternura. Ella es la “esclavita” del Padre que se estremece en la alabanza. Ella es la amiga siempre atenta para que no falte el vino en nuestras vidas. Ella es la del corazón abierto por la espada, que comprende todas las penas. Como madre de todos, es signo de esperanza para los pueblos que sufren dolores de parto hasta que brote la justicia. Ella es la misionera que se acerca a nosotros para acompañarnos por la vida, abriendo los corazones a la fe con su cariño materno. Como una verdadera madre, ella camina con nosotros, lucha con nosotros, y derrama incesantemente la cercanía del amor de Dios”

Cuántos gestos tan simples de María que el Papa señala como signos de la iglesia. Si fuéramos un poco más amigos atentos unos de otros, si tuviéramos la posiblidad de abrir más el corazón no sólo por la espada del dolor sino también por la esperanza, si pudiéramos ser más tiernos, sería muy distintos este mundo aunque parezca poca cosa. ¡Cuánta hambre de éstos gestos en medio de tanta búsqueda de poder!

 

Ignacio apela entonces a la tremenda fuerza y poder del amor. Comienza con ésta gratitud que hayas sentido por la gracia de Dios en éstos días. Nos puede ayudar Deuteronomio 8, 2- 6 un texto bellísimo de gratitud o el salmo 43 para agradecer o alabar “Y llegaré al altar de Dios, el Dios que es la alegría de mi vida; y te daré gracias con la cítara, Señor, Dios mío”. También puede ayudarnos el magníficat de la Virgen “Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador” (Lc 1:46-55)

 

Buscamos la alegría simple de María, bien evangélica, propio de la persona que se siente animada y fortalecida por el Señor. Que Él nos conceda la gracia de poder agradecer todos los bienes recibidos. San Ignacio nos invitará a animarnos a expandir ésto que hemos recibido, o mejor dicho dejar que Él lo expanda. No hay que apelar a propósito ni a la propia voluntad. Ignacio nunca busca la apariencia, porque sabe que al final le terminamos haciendo el juego al enemigo. Ignacio busca que primero contemplemos, que nos llenemos el corazón. Los ideales y la voluntad no alcanzan, la fe tiene que llegar al fondo, y eso es una experiencia, un gustar interiormente que es gracia de Dios. Los “tendría que”, “debería”, etc por lo general terminan en paso concretos más para Emaús que para Jerusalén.

Por eso nos detenemos a contemplar, a llenarnos el corazón, que Dios nos inunde. Por eso Ignacio dice que todo lo que has recibido y diste gracias lo ofrezcas, y lo pongas en manos de Jesús. Para éste día, él incorpora una linda oración:

“Toma Señor, y recibe
toda mi libertad, mi memoria,
mi entendimiento, y toda mi voluntad.
Todo mi haber y poseer, Vos me lo diste.
A vos Señor, lo torno.
Todo es Tuyo.
Disponelo a Tu voluntad.
Dame tu amor y gracia,
que esto sólo me basta”

Así nos propone intentar darlo todo y si Él está con vos te va a bastar y sobrar. No seamos pretenciosos ni nos quedemos con estructuras formales. Lo poquito que vivís es muy importante y no mentirte lo es más. La contemplación para alcanzar amor busca que ese amor que has recibido se expanda. El amor se muestra más en hechos que en palabras, dice San Ignacio. Lo importante es que el amor se expanda, que el amor circule, que el amante devuelva al amado más amor.

Si el amor está por llenar la panza y el corazón no es amor, es un sólo llenarse cual biberón de afectos. El amor de Dios es muchísimo más que eso, y a la vez es poquito a los ojos tan cegados de poder y de cosas de los hombres. Desde la mirada de Dios ese amor es lo que mueve al mundo. Todos los fenómenos físicos son pequeños movimientos combinados que mueven el gran mundo. Un pequeño amor puede mover grandes cosas, dejá que sea Dios que lo conduzca.

Fijate como está Dios en todas las cosas, en tus amigos, en tus compañeros de trabajo, incluso en los que no querés. No sólo está ahí, y en la naturaleza tan variada y linda que nos rodea, y desde ahí trabaja y da vida para que todo siga funcionando. Para nosotros pareciera que todo pasa por los medios, pero el mundo funciona y la vida sigue latiendo sin que nosotros hagamos nada. Todo vive desde Él y por Él. Nosotros somos parte de ese movimiento y tenemos una invitación a confiar en su obra. Contemplar para alcanzar amar estas cosas y a este Dios que está detrás de todo y en todo. Es lo que Ignacio te pide, cuando vayas en el colectivo, mires por la ventana, te acuerdes de los que forman parte de tu vida… ahí está Él.

“Yo estaré con ustedes hasta el fin del mundo”
Te doy gracias, Padre, porque has ocultado estas cosas a los grandes y sabios y se las has revelado a los sencillos” (Mt.13,25). Lo mismo tenemos que rezar nosotros, agradecer por mostrarnos en la pequeñez sus grandezas: “te agradezco, Padre, porque estés conmigo y me acompañas  con Jesús en los caminos de la vida”.

Y por último, dice Ignacio, pensad en todo lo más hermoso, lo mejor, las cosas chiquitas que hacés y que reflejan algo de la bondad y la sabiduría de Dios, y pensad que todo viene de Él. No te asustes ni tengas miedo porque todo viene de Él. “Yo estaré con ustedes todos los días, hasta el fin del mundo” (Mt 28:20) y estaré en cada semillita y brote de tus acciones con tus seres queridos y necesitados. Estaré con vos para siempre pero tenéis que saber mirar que ahí estoy. Tu vida es lo que está detrás del velo, que a veces es cruz, y como dice francisco en el 287, “unida a una especie de “noche de la fe” —usando una expresión de san Juan de la Cruz—, como un “velo” a través del cual hay que acercarse al Invisible y vivir en intimidad con el misterio”.

Dios es así y así mueve el mundo y cuando el ser humano cree tener ejércitos y fuerzas para mover el mundo, Dios tira nuestro burro abajo y esa es la maravilla que siempre brota, el Resucitado que siempre está. Ignacio te pide amar y pedir la gracia de “conocimiento interno de tanto bien recibido, para que yo enteramente reconociendo, pueda en todo amar y servir a su divina majestad”. ¿Y cómo? En los pequeños gestos de todos los días, porque así se ejercita para vivir una vida más acorde al reino de Dios.

María es la imagen más clara de todo esto y a ella se lo pedimos con una oración con la que el Papa termina la exhortación de la “Alegría del evangelio” y nosotros nuestros ejercicios:

Virgen y Madre María,
tú que, movida por el Espíritu,
acogiste al Verbo de la vida
en la profundidad de tu humilde fe,
totalmente entregada al Eterno,
ayúdanos a decir nuestro «sí»
ante la urgencia, más imperiosa que nunca,
de hacer resonar la Buena Noticia de Jesús.
Tú, llena de la presencia de Cristo,
llevaste la alegría a Juan el Bautista,
haciéndolo exultar en el seno de su madre.
Tú, estremecida de gozo,
cantaste las maravillas del Señor.
Tú, que estuviste plantada ante la cruz
con una fe inquebrantable
y recibiste el alegre consuelo de la resurrección,
recogiste a los discípulos en la espera del Espíritu
para que naciera la Iglesia evangelizadora.
Consíguenos ahora un nuevo ardor de resucitados
para llevar a todos el Evangelio de la vida
que vence a la muerte.
Danos la santa audacia de buscar nuevos caminos
para que llegue a todos
el don de la belleza que no se apaga.
Tú, Virgen de la escucha y la contemplación,
madre del amor, esposa de las bodas eternas,
intercede por la Iglesia, de la cual eres el icono purísimo,
para que ella nunca se encierre ni se detenga
en su pasión por instaurar el Reino.
Estrella de la nueva evangelización,
ayúdanos a resplandecer en el testimonio de la comunión,
del servicio, de la fe ardiente y generosa,
de la justicia y el amor a los pobres,
para que la alegría del Evangelio
llegue hasta los confines de la tierra
y ninguna periferia se prive de su luz.
Madre del Evangelio viviente,
manantial de alegría para los pequeños,
ruega por nosotros.
Amén. Aleluya.
Así terminamos la propuesta Ignaciana para buscar y hallar la voluntad de Dios para reforma de vida, para más amarlo y servirlo.

Ignacio es un gran peregrino y ese fue su objetivo llegar a Jerusalén para poder vivir el camino de Jesús. El texto de los ejercicios, tal como lo escribió San Ignacio, es un manual en donde se dan indicaciones sobre cómo ejercitar. Sin embargo, siempre es inspirador y uno puede renovarse y repetir la ejercitación, y aún con lo mismo, Dios siempre saca algo bueno.

Padre Fernando Cervera Sj

Resumen del ejercicio

+ Ponerse frente a la mirada de Dios

+ Pedir gracia de “conocimiento interno de tanto bien recibido, para que yo enteramente reconociendo, pueda en todo amar y servir a su divina majestad”.

+ Materia de la oración: hacer un recorrido por todas las gracias recibidas durante este tiempo de ejercicios. Nos puede ayudar Deuteronomio 8, 2- 6, el salmo 43 o el magníficat de la Virgen (Lc 1:46-55).

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