Jesús, ¿Donde vives?

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La página del Evangelio de hoy es una verdadera llamada a vivir un encuentro personal con Jesús. Con mucha plasticidad el evangelista nos muestra todos los pasos de este encuentro que todos los días, pero especialmente aquel día, a las cuatro de la tarde, tuvo la capacidad de cambiar la vida de los discípulos y la nuestra. Porque todas hemos hecho experiencia de este encuentro intenso que se convirtió, y se convierte cada día, en una verdadera llamada.

Quizá sea el encuentro en profundidad lo que suele cambiar la vida de las personas y es lo que añoramos todos desde nuestra identidad original que fue creada para vivir en el amor y en la relación. A lo largo y ancho de la vida hemos experimentado muchas veces que lo que realmente nos alegra el alma, da paz a nuestro corazón y serenidad a nuestra vida son los encuentros verdaderos, los que comienzan en un abrazo que nos acoge y nos recrea, se continúa en palabras llenas de hondura y de verdad que nos confirman interiormente y se terminan con un adiós lleno de esperanza y de alegría.

El encuentro que hoy los discípulos tuvieron con Jesús, y el que hemos tenido nosotras, está lleno de presencia, de llamada a la existencia, de relación en el amor, de diálogo y de palabra; lleno de ese verbo que hace de nuestra persona objeto de un intenso amor, de una gran ternura y de un deseo intenso por parte del Señor de que vayamos, estemos y nos quedemos con Él. Porque parece que el Evangelio da a entender que era deseo de los discípulos de Juan “estar con Jesús”, pero, en realidad, el deseo de ellos se enciende ante la mirada de Jesús, sus palabras llenas de verdad y de su invitación explicita a que se queden con Él.

He aquí el Cordero de Dios… El encuentro con Jesús parte siempre de testigos que lo han descubierto antes que nosotras. De ahí la importancia del testimonio en nuestra propia existencia. Y la responsabilidad que tenemos de provocar “encuentro” con Jesús a través del propio testimonio, avalado con gestos y con palabras.

Tenemos la responsabilidad en nuestras comunidades de:

  • Mostrar al Señor que pasa. Que pasa entre nosotras quedamente. Y que no sólo desea encontrarnos para amarnos, sino que desea ser encontrado para que lo amemos a Él con la intensidad del amor más grande
  • De alimentar el deseo del encuentro con Jesús, deseo que se tiene que notar en nuestras palabras, en nuestras actitudes, en nuestros comportamientos, en nuestras motivaciones y esperanzas y en toda nuestra vida, en todo lo que somos y hacemos. Porque este es el deseo de deseos que alimenta la vivencia en profundidad de nuestra vocación
  • De cultivar la intensidad del amor a Jesús, dejándonos mirar por Él y llamar por su amor.  El quiere, pide y desea que recibamos la invitación a quedarnos con él, en su intimidad, en su presencia, quiere darnos a gustar su amor
  • De vivir una intensa amistad con aquel que sabemos nos ama, hablando, dialogando, conversando en la oración, dejándonos mirar y contemplando a nuestra vez el rostro enamorado de Jesús por cada una…
  • De vivir en comunidad una verdadera cultura del encuentro con Jesús, razón última de nuestra vida y vocación. Cultura que tiene que trasladarse a todo lo que somos y hacemos en la vida diaria. El encuentro en profundidad con quien sabemos nos ama no es para gustarlo y quedarnos con la riqueza que nos aporta. Sino para salir como peregrinas del encuentro hacia nuestros hermanos, como hizo María de Nazaret con Isabel.

Si somos mujeres avezadas en estos encuentro íntimos, personales y amorosos con Jesús, seremos apóstoles de una verdadera cultura del encuentro entre los seres humanos. Porque el verdadero encuentro y la verdadera relación, como todo por otra parte, lo aprendemos del autor y consumador de lo más genuinamente humano. Él nos revela en el Evangelio la tierra virgen de una humanidad centrada en la esencialidad de la identidad humana. No hay páginas más bellas del ethos humano que las páginas del Evangelio. Cuando abro los evangelios no dejo de quedarme hondamente y profundamente sorprendida de lo humano que es Jesús.

Por eso creo que la verdadera esencia de las relaciones que  buscamos y que queremos vivir, nos la enseña también Él. Y hoy lo hace en esta página evangélica.

¡Qué  bello sería que hoy sintiéramos el deseo hondo de quedarnos con Él!

¡Qué bello seria que hoy sintiéramos el deseo hondo de quedarnos con las hermanas de nuestra comunidad en un encuentro que marcase nuestra vida!

¡Qué bello sería que nosotras, hermanas mercedarias de la caridad, fuéramos mujeres que hacen del encuentro y de la relación el camino de la fraternidad cotidiana, y que creásemos con nuestras palabras, gestos, diálogos y comunicaciones una verdadera cultura del encuentro!

 

 

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