El tiempo… ¡Gracias, Señor, por el tiempo del amor!

Nos disponemos a cerrar un nuevo año. Si Dios nos concede la gracia en un instante de tiempo, que es un instante de su eterno amor, pasaremos a celebrar la venida de un nuevo año que será para todas una nueva posibilidad para vivir el proyecto que el Señor tiene para cada una de nosotras.

¡Gracias, Señor, por el tiempo del amor! El tiempo se convierte en el mejor aliado para poder vivir el sueño de Dios sobre cada una de nosotras y sobre la creación y la humanidad, que es siempre un “sueño de amor”. Cuando el tiempo se haya acabado para cada una, ya no existirá la posibilidad de responder… seremos arrebatadas en un instante a la eternidad, donde el tiempo se habrá acabado, y solamente quedará ya, eternamente, lo que hayamos amado. Decía el Rabino Ezra Pound: “Lo que hayamos amado quedará, solo cenizas el resto”. Sin duda que nuestra vida se define por el amor, se escribe con la pluma libre del amor más grande y se expresa en un amor redentor que alcanza a todas las personas en relaciones de caridad que todos los días recibimos en la Eucaristía.

Es importante que pensemos en el tiempo como posibilidad del amor aquí y ahora. En este momento. No podemos machacarnos ni el corazón ni la cabeza con lo que pasó y no fue. Ya pasó y Dios ha acogido en su eternidad tanto la intensidad del amor en su fidelidad amante, como la negación del amor en su perdón y misericordia. El pasado no nos pertenece ya. No podemos desandar lo andado. La reflexión nos puede llevar, eso sí, a vivir este presente con la exigencia y la intensidad del mayor amor posible, pero lo que fue ¡pasó! y forma parte de ese bagaje de la vida que se llama experiencia y que nos ayuda, sin duda, a  repetir todos los gestos redentores del amor que nos realizaron como hermanas mercedarias de la caridad, y a no repetir aquello que sucedió en la inconsciencia o que formó parte de decisiones que no nos realizaron en nuestra vida y vocación. Dios es eternamente fiel y eternamente perdonador. Es misericordia infinita.

El futuro no nos pertenece tampoco. En un instante podemos pasar de la vida a la muerte y del ser al no ser, porque el futuro está en las manos de Dios y le pertenece a Dios. Aunque haya gente que dice que adelanta el futuro, no es verdad. La novedad, el futuro, lo nuevo, lo que renace… pertenece al Dios de la vida, eternamente fiel como hemos dicho, y que nos regala por gracia “pasar de un momento a otro” por pura gracia y gratuidad. Lo más inteligente en la vivencia del tiempo es vivir “el presente posible en una constante recreación del amor recibido y entregado”. El presente con calidad de amor es lo que da calidad a la vida y futuro a todo lo que podremos vivir como proyecto de Dios en nuestra existencia de hermanas mercedarias de la caridad.

Hay muchas hermanas de entre nosotras que nos perdemos en la culpabilidad de un pasado que no se realizó según la voluntad de Dios… ¡y perdemos el tiempo! Lo mejor es entregar este sentimiento al amor perdonador y misericordioso de Dios que no solamente olvida, sino que nos ilumina con nuevas oportunidad de ser, de vivir y de realizarnos como vocación. Como hay muchas hermanas también, de entre nosotras, que vivimos volcadas en futuros que no sabemos si llegarán, siempre soñando con lunas que se suceden sin lograr la esencialidad en nuestra vida, porque tanto la consciencia de lo que debe ser como las oportunidades se escapan de nuestra percepción.

Leía el otro día que decía el Director de la Revista de Vida Religiosa en un artículo… Dicen que los Fundadores se adelantaron a los tiempos… No es verdad, afirmaba él con ese lenguaje inteligente y socarrón… Lo fundadores son los únicos que vivieron el presente escrutando los signos de los tiempos, e hicieron de cada instante la posibilidad de los sueños de Dios. Y es verdad. La hermana que está en el futuro no es la más novedosa de entre nosotras, sino aquella que escrutando los signos de los tiempos de Dios en el hoy de nuestra historia sabe realizar en cada instante y en cada momento el sueño infinito del amor de Dios. Se puede preparar el futuro, pero como tiempo, no se puede adelantar. Sólo tenemos el “aquí y el ahora” como posibilidad. Por eso, dejemos que el corazón arda, que los ojos miren, que las manos se muevan, que los pies caminen, que nuestra vocación se esponje, que nuestra entrega adquiera la plasticidad de lo esencial en este momento… y esperemos con creatividad, ilusión e intenso deseo de “llegar a ser”… lo demás nos lo regalará el Señor en cada instante de nuestra vida.

Aprendamos a vivir y a aprovechar “los instantes” de nuestro tiempo, amando intensamente, y dando a cada uno de ellos la cualidad, la esencialidad y la radicalidad del amor. De esta manera no solo será nueva nuestra vida, sino que serán nuevas todas las cosas y estaremos recreando los cielos nuevos y la nueva tierra donde habite la liberación, la justicia y la fraternidad.

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