Alegrémonos en el Señor que llega…

La alegría es la experiencia más honda de las personas que viven en Dios y en su amor, que están sumergidas en las profundidades de la vida divina. Dios es la fuente de nuestra alegría. La alegría es la experiencia más honda de los que habiendo creído en el Señor se saben estrechados en su corazón lleno de ternura, misericordia y perdón. El corazón humano es feliz y está alegre cuando se sabe amado incondicionalmente y cuando se sabe amado para siempre. La experiencia del amor desde siempre y para siempre colma todas las expectativas de felicidad de los corazones que buscan la plenitud de la existencia humana no en cosas efímeras, sino en la esencialidad del amor.

Este tercer domingo de adviento hace que volvamos los ojos del corazón hacia lo que verdaderamente colma y colmará para siempre nuestra vida: el amor eterno y fiel de Dios. Amor eterno de Dios que se manifestará en Jesús y en su venida a la tierra. El, el Enmanuel, se convierte en el verdadero testigo de lo que Dios Padre es para cada uno de sus hijos, del grande amor que nos ha tenido al enviarlo a la tierra, de su fidelidad en el amor al entregarlo al corazón mismo de todos y de cada uno de los seres humanos. El Enmanuel, al venir al mismo corazón de la humanidad y del mundo, es la fuente inagotable del amor que colma los deseos de felicidad y de alegría que todos tenemos.

Buscar la alegría en Jesús, en ese Dios encarnado que se hace confiable en todas sus promesas, es buscarla donde verdaderamente está. La cultura odierna nos ofrece muchas fuentes de alegría, algunas legítimas y participativas del mismo ser de Dios, pero otras que nos apartan de la esencialidad del amor y de la fidelidad en el amor y de la entrega en el amor, que es donde se encuentra la verdadera y la más honda alegría. Tenemos que recuperar en nuestra existencia humana y en nuestra vocación las fuentes que nos llevan a gustar el gozo profundo del amor para poder gustar de la auténtica alegría cristiana. Las cosas, los acontecimientos que pasan, incluso el encuentro y la relación con las personas nos reportan momentos felices y alegres, pero como nuestra vida no esté afianzada en la fuente inagotable del amor fiel, entregado, luminoso, cercano, entrañable misericordioso y perdonador de Dios nuestras alegrías serán efímeras y fugaces.

Pedimos al Señor, en este tercer domingo de adviento que nos haga capaces de gozar de la auténtica alegría para regalarla como fruto de la redención a cuantas personas se crucen en nuestros caminos. Y que el Señor en su venida nos haga recuperar este don carismático que, en tiempos pasados, marcó la índole del Instituto y la vida de tantas hermanas. Si estamos enamoradas de Jesús y experimentados que El lo está de nosotras, no nos puede faltar la alegría, ni nadie nos la puede arrebatar…

 

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