Consolad a mi pueblo: Hermana mercedaria, sé consolación de Dios en el mundo…

El Dios en el que creemos es el Dios del consuelo. Ha visto el dolor de su pueblo, las lágrimas del oprimido están en sus pupilas, y decide bajar a liberarlo. Nuestro Dios se conmueve ante el dolor, se estremece ante sus hijos crucificados, se parcializa por los que buscan la liberación de sus esclavitudes, se hace vulnerable ante los rostros llenos de lágrimas, no soporta que la luz y el gozo hayan desaparecido del rostro del ser creado más importante para él: el rostro del ser humano, de los seres humanos.

Conmovido, echando mano de todas las fuentes y ríos y torrentes de su amor misericordioso, decide bajar a la tierra, hacerse uno de nosotros y consolar, consolar a su pueblo, enjugar las lágrimas, no dejando, si posible fuera como dice nuestro Fundador, un solo dolor que curar, o un solo dolor que provoque en sus hijos lágrimas, duelos, tristezas, pesares, destierro, soledades, días sin sol y noches sin estrellas.

Nuestro Dios, el Dios del consuelo, es vulnerable a nuestros dolores. Se conmueve. Se hace sensible al sufrimiento, enjuga las lágrimas de los pobres y olvidados del mundo. De todos, pero especialmente de ellos, de aquellos que no encontrarán nunca una mano blanca, con un pañuelo blanco para enjugar el dolor de su corazón oprimido. Nuestro Dios es un Dios con corazón, con entrañas, un Dios que ve con el corazón el dolor de su pueblo y decide hacer el camino de la consolación de la humanidad.

Jesús es el consolador de Dios para el mundo. El es quien descendiendo hasta lo más hondo de las lágrimas del ser humano ha comprendido que todo llanto y dolor entran en el plan liberador de Dios y hace todo lo que está en su mano para derramar la ternura del Padre curando, sanando, liberando, redimiendo… Jesús emprende cada mañana el camino de la consolación porque hoy el mundo está sumergido en las lágrimas. El mundo está roto de dolor. Está fragmentado en sus esclavitudes.

Nosotras hermanas mercedarias de la caridad hemos sido llamadas por Dios para consolar, para liberar, para sanar, para seguir a Jesús redimiendo con nuestros gestos a quienes necesitan hoy recibir la consolación de Dios. Y a veces nuestro corazón está endurecido… ¡Nunca más un corazón que no sea vulnerable al dolor y a las lágrimas! que nuestro corazón se incline para consolar, se abaje para consolar, se encarne para consolar, se haga cada vez más humano para consolar, se entregue para consolar, se haga solidario para consolar, esté lleno de amor para ser consolación de Dios para la humanidad…

Que todos los que pasen a nuestro lado este domingo lleguen a saber por nuestros gestos de amor, de ternura, de encuentro, de relación, de palabra y de diálogo, de evangelio y de carisma que nuestro Dios es el Dios del consuelo, el Dios que no es ajeno a nuestras lágrimas y que con su mano  blanca y su pañuelo blanco las enjuga creando dignidad, humanidad y eternidad en el tiempo del dolor.

 

 

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

w

Conectando a %s