Saludaos con el beso santo…

La lectura de este día ha despertado en mí toda la espiritualidad relacional de nuestro carisma. He gozado enormemente al leer repetidas veces en Pablo, y orarlo posteriormente, la importancia que tiene el saludo. Hasta nueve veces se pronuncia esta palabra en la primera lectura de hoy. Saluda, saludad, saludaos entre vosotros con el beso santo, saluda de mi parte…Sin duda, esta palabra se ha convertido hoy, en el marco incomparable de la eucaristía, en signo sacramental del amor cristiano. Y he bendecido a Dios por la alegría que han traído a mi vida tantos saludos recibidos desde mi niñez hasta hoy.

El Beato Zegrí, que quería de nosotras que fuéramos mujeres “elegantemente naturales”, estoy segura que amaba realizar este signo sacramental del amor y que se lo enseñó con su vida y con sus comportamientos a las primeras hermanas, dada la importancia que para él tenían los gestos sacramentales del amor.  El sabía que el saludo es la salsa de las relaciones y que encierra todas las bendiciones de Dios otorgadas a una persona para que las pueda derramar sobre los demás. Somos mujeres bendecidas y agraciadas, como María, para bendecir y derramar gracia sobre gracia en los demás.

Qué bonito es el encuentro con los demás cuando nos podemos decir: ¡Hola! Buenos días, ¿Cómo estás?… ¿Cómo te encuentras hoy, has descansado? ¡hola! ¡qué ganas tenía de verte!… ¡Hola! te veo bien, te veo radiante… ¿De dónde vienes? te veo preocupada. ¡Buenas noches! que Dios te conceda un descanso feliz… Feliz comida con los tuyos… Gracias, cuánto me alegra encontrarte hoy… Gracias por tu gesto de hoy… gracias por estar ahí… gracias por sostenerme… gracias por tu fe y tu confianza que me ayudan a caminar… No estás sola, ánimo… Te ayudaré a superar esta situación… Tantos y tantos modos de saludos como son las relaciones, y personas, y sus necesidades.

Pasar al lado del otro sin saludarlo y sin tenerlo en cuenta es un pecado contra la caridad. No hay pecado tan sutil entre nosotras como la ignorancia de la otra persona. Los hermanos y hermanas con los que caminamos no son muebles que están en nuestro camino. Son personas vivas y redimidas a las que les debemos el respeto, la admiración, y la dignidad del Dios que las habita como en un templo. No hay gesto de caridad más exquisito que una sonrisa de aprobación de la otra persona en el camino que recorre a nuestro lado. Humanidad, mucha humanidad, decía el P. Zegrí. Como decía también: Caridad mucha caridad. El P. Fundador, además, decía: no te contentes sólo con el saludo exterior, la dulzura y el miramiento deben ser la salsa de toda caridad. Y añadía: Haced bien a todos y dejad tras de vosotras torrentes de luz que iluminen a todos. Nuestro querido Fundador tenía claro que la relación entre nosotras debía estar presidida por un amor gestual, con calor humano, con miramiento de la dignidad de todas, con dulzura, ternura y acogida entrañable. ¿Nos hemos preguntado si en la relación con todas las personas vamos dejando  trans de nosotras “torrentes de luz”? Nuestro Fundador no sólo lo pedía, sino que nos lo dejó escrito en las Constituciones primeras.

A veces nuestras relaciones son frías. Constatamos que en lo más simple y ordinario de la relación fallamos. Expresar todos los días en el saludo a las hermanas la sonrisa de Dios, y la aprobación con que Dios las mira…, y derramar sobre todas bendiciones sin cuento, porque todas hemos sido bendecidas por el Señor, será la salsa de nuestra caridad fraterna. Ojala que hoy, a la luz de la lectura de Pablo, recobremos el valor del saludo que acoge, que acaricia, que aprueba a la otra persona, que le otorga dignidad, vocación, que la llama a la existencia. Sería una gracia para cada una de nosotras y para la Congregación.

¡Saludaos con el beso santo! dice Pablo y el P. Zegrí nos dice hoy a cada una de las mercedarias de la caridad lo que ya dijo en las primeras Constituciones: La alegría y satisfacciones prudentes, lo apacible y bondadoso del rostro, la atención en sus acciones y la finura en el trato y las demás dotes naturales y adquiridas por la educación, reguladas por la virtud, sirven para ganar almas a Dios.

 

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