Celebramos, unidas a toda la Orden de la Merced, la fiesta de Jesucristo Redentor

Con toda la Orden de la Merced celebramos hoy la fiesta de Jesucristo Redentor. ¡Qué felicidad tan grande hay en nuestro corazón y qué gozo tan profundo! Celebramos en este día al gran amor de nuestra vida, Jesucristo. Celebramos a ese Dios que nos habita en Jesús y que da razón de ser a nuestra existencia y vocación. A aquel del que Pablo dijo introduciéndonos en el misterio pascual de nuestro Dios y Señor ¡Me amó y se entregó por mí! Toda nuestra existencia queda envuelta en la persona de Jesús y en ese misterio redentor que ha restaurado la creación entera y la vida de todo ser humano desde dentro. Nos emociona hasta las lágrimas el conocer interiormente, con la sabiduría del corazón, que Dios nos ha amado de tal manera que nos ha entregado a su propio Hijo para que tengamos vida abundante, una vida que se extiende como manantial de amor sobre el mundo y las cosas creadas y que hace de toda la humanidad el espacio sacramental en el que Dios habita, salva y redime.

Nosotras, hermanas mercedarias de la caridad, vivimos esta vocación redentora unidas a toda la Orden de la Merced. Nuestro querido Fundador nos agregó a esta espiritualidad en los inicios de nuestra familia religiosa. A lo largo y ancho de nuestra historia, nuestra vida se ha enriquecido con los dones y frutos de la Redención por vocación, pero también por estar agregadas a las prerrogativas de esta espiritualidad y de esta fiesta que hoy celebramos como solemnidad.

Pedimos que en nosotras se realice la vocación a la que hemos sido llamadas con plenitud porque Jesucristo Redentor, siendo el gran amor de nuestra vida, nos introduce en el corazón del mundo derramando los frutos de la redención que recibimos como primicia con la llamada que Dios nos ha hecho a cada una y al Instituto. Todas, participando místicamente del misterio Redentor, tratamos de hacer realidad la liberación de Dios que se produjo en el mundo, y se produce todos los días, celebrando la Eucaristía como memorial del misterio pascual del Señor. Cada día renovamos el compromiso de vivir esta vocación desde dimensiones de esencialidad sabiendo que nuestra identidad de mercedarias se fundamenta en el seguimiento de la persona y obra de Jesucristo Redentor. Y que nos realizamos en la medida en que asumimos, vivimos y actualizamos el misterio pascual de Jesús, fuerza transformadora del mundo y del ser humano. Somos conscientes de que el sufrimiento y el dolor, así como el sentido de la muerte -mirando a Jesús Redentor-, tienen valor humanizante y redentor cuando los integramos como gracia en nuestra vida. (Const. 7).

La mayor fuente de esperanza que hoy podemos ofrecer a los seres humanos, a la Iglesia y al mundo es vivir con hondura y sentido esta vocación redentora. La muerte y resurrección de Jesús significaron, y significan cada día, una explosión de la esperanza de Dios sobre la humanidad. Viviendo con hondura y sentido nuestra vocación nos convertimos en peregrinas de la salvación de Dios y de su liberación sobre el mundo. Toda la Iglesia vive y participa de este misterio, pero, por vocación específica, nosotras hemos sido integradas en un misterio que nos sobrepasa. De este misterio recibimos la gracia para poder derramar, sobre todo sufrimiento, sobre todos los crucificados de la tierra, la certeza de que Dios existe, de que nos ha salvado y liberado en Jesús de toda esclavitud, y de que en su corazón misericordioso y fiel tienen un especial lugar los pobres y los desheredados del mundo. Nosotras gritamos como el profeta, recorriendo los caminos doloridos del mundo, que Dios en su Hijo Jesús se hace presencia misericordiosa y fiel, amante y salvadora especialmente para aquellos en los que los horizontes de la vida se han desdibujado por las injusticias del mundo.

Nosotras, mercedarias de la caridad, desde nuestra vocación redentora, fuertemente cimentadas en la persona y obra de Jesús redentor, somos un camino de esperanza y de felices noticias para el mundo. Que en este día la celebración litúrgica nos lleve a comprometernos seriamente con la esperanza de la humanidad herida y con los caminos de liberación que sueñan  los pobres. Que nuestra vida sea una parábola del sueño liberador de Dios para los que sufren: “He visto el dolor de mi pueblo y he decidido bajar a liberarlo” ... Que esta feliz noticia la comuniquemos en la Iglesia peregrina y desde el Evangelio de la caridad, al mundo moderno, porque la fidelidad de Dios, comprometida desde toda la eternidad con los pobres, se hace realidad hoy a través de nosotras, mercedarias de la caridad.

anigif

 

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

w

Conectando a %s