Pedimos en Pentecostés una Iglesia universal, descubrir el paso de Dios por todos los pueblos y por todas las religiones

PENTECOSTÉS

comentario editorial

 

Hay más verdad en todas las religiones que en una sola (Schillebeeckx)

4 de junio. Domingo de Pentecostés

Jn 20, 19-23

Como el Padre me envió, así yo os envío a vosotros

Celebramos el nacimiento de la Iglesia, el pueblo de la Alianza nueva y eterna, no escrita en tablas de piedra, sino en nuestros corazones. Un pueblo del que están llamados a formar parte gentes de toda raza y condición para formar un solo cuerpo. Un pueblo diverso, pero con un lenguaje común -el amor de Dios derramado en nosotros- y no aquel en el que la autoridad religiosa actúa como el pastor de Jesús Carrasco en su libro Intemperie: silba, y el perro se levanta, corre hacia las ovejas díscolas que buscan nuevas hierbas y las atemoriza con sus ladridos para que regresen al redil. De esta manera la vida del rebaño queda paralizada para siempre bajo la férrea vigilancia del ojo acusador de perros y pastores, dispuestos siempre a dar la amedrentante voz de alarma. En tales condiciones, los discípulos no podrán nunca empezar a hablar en lenguas extranjeras como se apunta en Hechos 2, ni se podrá renovar la faz de la tierra, según reza el Salmo 104.

El historiador Flavio Josefo asegura a mediados del siglo I en Antigüedades de los judíos (16, 3,3) que Jesús “atrajo a muchos judíos y también a muchos de origen griego”.

El compositor ruso Stravinsky (1882-1971) fue un joven rebelde que a los 15 años abandonó la fe y la recuperó a los 45. En una confesión personal manifestó que no podía valorar los hechos que le habían llevado a descubrir la necesidad de la fe religiosa y que no obedeció a una decisión razonada. El recado recibido de la Iglesia de Pentecostés fueron para él los hechos. Le llegaron en formato de partitura del siglo XX, desnuda de abalorios rituales y de dogmas: “La música alaba a Dios. Lo hace de manera mejor que el propio templo y su decoración. Es el mayor ornamento que tiene la Iglesia”.

El mayor y el más eficaz en su labor de evangelización para extender los valores cristianos, profundamente humanos. Un ornamento inconsútil, el manto de Jesús, que los soldados romanos echaron a suertes, y que hoy siguen vistiendo cuantos se sienten comprometidos con ellos. Una preciosa leyenda cuenta que fue tejida por su Madre a los doce años, y que él usó durante su vida en la tierra. Quizás lo más interesante del relato sea que la túnica sin costuras, crecía con él, al margen de si la prenda guardada en Argenteuil (Francia) tenga escasos visos de veracidad. Cada uno de nosotros la llevamos puesta, y lo único que cabe es preguntarse: ¿Crecemos también nosotros cada día con ella?

Es una túnica que nos envuelve a todos, que crece, se detiene o disminuye a ritmo de coro. Así lo expresa en positivo Thich Nhat Hanh cuando en Un canto de amor a la Tierra dice que “Si bien la energía de nuestros pensamientos, palabras y acciones es poderosa, todavía lo es más cuando nos reunimos con otras personas. Cuando formamos un grupo con el objetivo y el compromiso común de llevar a cabo una acción, generamos colectivamente una energía muy superior a la que lograríamos individualmente”.

El polémico y heterodoxo teólogo belga Edward Schillebeeckx (1914-2009) concretó la universalidad de ese Evangelio que Jesús nos propuso expandir, en esta frase: “Hay más verdad en todas las religiones que en una sola”.

José Antonio Pagola nos manifiesta este deseo imperativo de lo que él anhela sea esta Iglesia Apostólica, en su obra “Jesús. Aproximación histórica”, publicada por PPC.

 

AMAR A LA IGLESIA

Amo a la Iglesia tal como es, con sus virtudes y su pecado, pero ahora, cada vez más, la amo porque amo el proyecto de Jesús para el mundo: el reino de Dios. Por eso quiero verla cada vez más convertida a Jesús. No veo una forma más auténtica de amar a la Iglesia que trabajar por su conversión al Evangelio.

Quiero vivir en la Iglesia convirtiéndome a Jesús. Esa ha de ser mi primera contribución. Quiero trabajar por una Iglesia a la que la gente sienta como “amiga de pecadores”. Una Iglesia que busca a los “perdidos”, descuidando tal vez otros aspectos que pudieran parecer más importantes. Una Iglesia donde la mujer ocupe el lugar realmente querido por Jesús. Una Iglesia preocupada por la felicidad de las personas, que acoge, escucha y acompaña a cuantos sufren. Quiero una Iglesia de corazón grande en la que cada mañana nos pongamos a trabajar por el reino, sabiendo que Dios ha hecho salir su sol sobre buenos y malos.

Sé que no basta con hablar de la “conversión de la Iglesia a Jesús”, aunque pienso que es necesario y urgente proclamarlo una y otra vez. La única forma de vivir en proceso de conversión permanente es que las comunidades cristianas y cada uno de los creyentes nos atreviéramos a vivir más abiertos al Espíritu de Jesús.

 

Vicente Martínez

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