Palabras del Papa Francisco sobre Pentecostés

Catequesis del Papa Francisco

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Ante la inminencia de la Solemnidad de Pentecostés no podemos no hablar de la relación que existe entre la esperanza cristiana y el Espí­ritu Santo. El Espí­ritu es el viento que nos impulsa adelante, que nos mantiene en camino, nos hace sentir peregrinos y forasteros, y no nos permite recostarnos y convertirnos en un pueblo sedentario.

La Carta a los Hebreos compara la esperanza con un ancla (Cfr. 6,18-19); y a esta imagen podemos agregar aquella de la vela. Si el ancla es lo que da seguridad a la barca y la tiene anclada entre el oleaje del mar, la vela en cambio es la que la hace caminar y avanzar sobre las aguas. La esperanza es de verdad como una vela; esa recoge el viento del Espí­ritu Santo y la transforma en fuerza motriz que empuja la nave, según sea el caso, al mar o a la orilla.

El Apóstol Pablo concluye su Carta a los Romanos con este deseo, escuchen bien, escuchen bien qué  bonito deseo: «Que el Dios de la esperanza los llene de alegrí­a y de paz en la fe, para que la esperanza sobreabunde en ustedes por obra del Espí­ritu Santo» (15,13). Reflexionemos un poco sobre el contenido de esta bellí­sima palabra.

La expresión “Dios de la esperanza” no quiere decir solamente que Dios es el objeto de nuestra esperanza, es decir, a Quien esperamos alcanzar un dí­a en la vida eterna; quiere decir también que Dios es Quien ya ahora nos hace esperar, es más, nos hace «alegres en la esperanza» (Rom 12,12): alegres de esperar, y no solo esperar ser felices. Es la alegría de esperar y no esperar de tener la alegrí­a. Hoy. Mientras haya vida, hay esperanza, dice un dicho popular; y es verdad también lo contrario: mientras hay esperanza, hay vida. Los hombres tienen necesidad de la esperanza para vivir y tienen necesidad del Espí­ritu Santo para esperar.

San Pablo  hemos escuchado  atribuye al Espí­ritu Santo la capacidad de hacernos incluso sobreabundar en la esperanza. Abundar en la esperanza significa no desanimarse jamás; significa esperar «contra toda esperanza» (Rom 4,18), es decir, esperar incluso cuando disminuye todo motivo humano para esperar, como fue para Abraham cuando Dios le pedía³ sacrificar a su único hijo, Isaac, y como fue, aún más, para la Virgen Marí­a bajo la cruz de Jesús.

El Espí­ritu Santo hace posible esta esperanza invencible dándonos el testimonio interior que somos hijos de Dios y sus herederos (Cfr. Rom 8,16). ¿Cómo podrí­a Aquel que nos ha dado a su propio Hijo único no darnos toda cosa con él? (Cfr. Rom 8,32). «La esperanza  hermanos y hermanas  no defrauda: la esperanza no defrauda, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por medio del Espíritu Santo, que nos ha sido dado» (Rom 5,5). Por esto no defrauda, porque está¡ el Espí­ritu Santo dentro que nos impulsa a ir adelante, siempre adelante. Y por esto la esperanza no defrauda.

Hay más: el Espí­ritu Santo no nos hace sólo capaces de esperar, sino también de ser sembradores de esperanza, de ser también nosotros “como él  y gracias a él “ los paráclitos, es decir, consoladores y defensores de los hermanos. Sembradores de esperanza. Un cristiano puede sembrar amargura, puede sembrar perplejidad, y esto no es cristiano, y tú, si haces esto, no eres un buen cristiano. Siembra esperanza: siembra el bálsamo de esperanza, siembre el perfume de esperanza y no vinagre de amargura y de des-esperanza.

El Beato Cardenal Newman, en uno de sus discursos, decí­a a los fieles: «Instruidos por nuestro mismo sufrimiento, por el mismo dolor, es más, por nuestros mismos pecados, tendremos la mente y el corazón ejercitados a toda obra de amor hacia aquellos que tienen necesidad. Seremos, según nuestra capacidad, consoladores a imagen del Paráclito“ es decir, del Espí­ritu Santo “ y en todos los sentidos que esta palabra comporta: abogados, asistentes, dispensadores de consolación. Nuestras palabras y nuestros consejos, nuestro modo de actuar, nuestra voz, nuestra mirada, serán gentiles y tranquilizantes» (Parochial and plain Sermons, vol. V, Londra 1870, pp. 300s.). Son sobre todo los pobres, los excluidos, los no amados los que necesitan de alguien que se haga para ellos paráclitos, es decir, consoladores y defensores, como el Espí­ritu Santo se hace para cada uno de nosotros, que estamos aquí­ en la Plaza, consolador y defensor. Nosotros debemos hacer lo mismo por los más necesitados, por los descartados, por aquellos que tienen necesidad, aquellos que sufren más. Defensores y consoladores.

El Espíritu Santo alimenta la esperanza no sólo en el corazón de los hombres, sino también en la entera creación. Dice el Apóstol Pablo “ esto parece un poco extraño, pero es verdad. Dice así­: que también la creación está proyectada con ardiente esperanza hacia la liberación y gime y sufre con dolores de parto (Cfr. Rom 8,20-22). «La energí­a capaz de mover el mundo no es una fuerza anónima y ciega, sino es la acción del Espí­ritu de Dios que aleteaba sobre las aguas (Gen 1,2) al inicio de la creación» (Benedicto XVI, Homilí­a, 31 mayo 2009). También esto nos impulsa a respetar la creación: no se puede denigrar un cuadro sin ofender al artista que lo ha creado.

Hermanos y hermanas, la próxima fiesta de Pentecostés “ que es el cumpleaños de la Iglesia: Pentecostés “ esta próxima fiesta de Pentecostés nos encuentre concordes en la oración, con María, la Madre de Jesús y nuestra. Y el don del espí­ritu Santo nos haga sobreabundar en la esperanza. Les diría más: nos haga derrochar esperanza con todos aquellos que son los más necesitados, los más descartados y por todos aquellos que tienen necesidad. Gracia.

 

 

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