Para esta semana pascual leer, reflexionar y orar este tema personal y comunitariamente. Temas de espiritualidad de la revista vida religiosa

UN TEMA DE LA REVISTA VIDA RELIGIOSA PARA ADENTRARNOS EN LA ALEGRÍA DE LA PASCUA

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El gran acontecimiento.

La resurrección de Jesús es el eje central del cristianismo. Sin ella, éste sería sólo una norma moral adaptada a los valores y a la mentalidad de un cierto Jesús de Nazaret que vivió y enseñó hace dos mil años. También personajes importantes del pasado, mucho antes que Él, aportaron cosas importantes en el campo de las ciencias, la medicina, la filosofía, etc., pero la memoria de su vida queda anclada en un pasado histórico aunque sus aportaciones puedan ser todavía valiosas y necesarias.

Creer o no creer en la resurrección de Jesús de Nazaret es la clave para ser o no ser cristiano; alguien pudiera sentir una gran atracción por Jesús de Nazaret, si no cree en la resurrección no sería “cristiano”. A propósito de esto, en una encuesta realizada a la población española hace unos años un 70,8% cree en la existencia de Jesucristo, mientras que sólo un 46,9 % creen en la vida después de la muerte y, entre estos últimos, hay un 21,3 % que se declaran católicos practicantes. Eso indica que la desorientación se ha metido en la fibra de muchos. ¿Cómo compaginar ser cristiano sin creer en la vida después de la muerte, en la resurrección? Lo que San Pablo dijo hace muchos años sigue vigente hoy: “Si se predica que Cristo ha resucitado de entre los muertos, ¿cómo andan diciendo algunos entre vosotros que no hay resurrección de muertos? Si no hay resurrección de muertos, tampoco Cristo resucitó. Y si no resucitó Cristo vacía es nuestra predicación, vacía también nuestra fe”1.

Confesar que Jesús ha resucitado es ir más allá de un simple acontecimiento “histórico” que podemos objetivar en un marco geográfico (en una tumba a las afueras de Jerusalén) y temporal (cuando Jesús tenía 33 años aproximadamente, en el contexto de la celebración de una Pascua Judía). Si sólo consistiera en eso creer o no creer en Él para nada afectaría a la fibra interna de la vida.

Él vive para siempre

Cristo que fue torturado, crucificado y sepultado, ha vencido a la muerte y está vivo, es el eternamente joven y contemporáneo nuestro porque una vez muerto ya no muere más. Decir que Cristo ha resucitado es verse implicado en esa confesión de modo que mi vida queda “marcada” para siempre por la “energía” que actuó en Él destruyendo la muerte. Y yo estoy invitado por esa confesión a una vida nueva.

Decir que Cristo vive es estar “envuelto” en Él, y haber pasado al nivel más elevado y profundo de la existencia. Sólo desde la fe es posible gritar que Él está vivo desde la fe, una fe que no me deja indiferente, pues me introduce en un proceso permanente de transformación que sólo acabará en el desenlace final de mi muerte física.

Creer en Jesús Resucitado es la “experiencia” de quien ha sido “encontrado” por Él en lo más hondo de su ser. Y desde esa fibra profunda del ser, el poder resucitador va afectando a todos y cada uno de los niveles del ser. En esa experiencia se da una “invasión” que progresivamente lo llena todo de su luz y su fuerza. Esta sobreabundancia produce unas categorías nuevas de pensamiento para ver con los mismos ojos de Dios. Es éste un dinamismo semejante a un espejo que puesto frente a la luz recibe la luminosidad y a la vez la proyecta hacia afuera. Ambas acciones, recibir y proyectar, se dan al mismo tiempo.

Somos un todo armónico donde lo espiritual, lo físico, lo psíquico y ambiental o relacional se interconectan. El espíritu es el nivel más profundo desde el que todas las demás componentes cobran unidad armónica. Es precisamente en ese nivel donde el Resucitado actúa en nosotros por la fe. Es la acción de la gracia que transforma y libera.

Una experiencia que transforma

Pablo de Tarso no había conocido a Jesús de Nazaret físicamente2 pero el Resucitado se le manifestó camino de Damasco de modo que en adelante ya no vivió más que por Él y para Él. Desde entonces Pablo tuvo la consciencia permanente de que Jesús había “muerto por mí” y que “para mí la vida es Cristo”3. El Resucitado “tocó” a Pablo “de su alma en el más profundo centro4”. Quedó así revolucionada su escala de valores, y fue originándose en él una manera radicalmente diferente de vivir. El perseguidor de aquella “secta” que poco a poco se iba desmarcando del judaísmo, se convierte en el más entusiasta mensajero de Jesús a quien perseguía en los creyentes. Anunciaba un “Camino” nuevo, una nueva manera de ser y de vivir, que no era más que el Resucitado que, previamente, se llamó a sí mismo “Camino, Verdad y Vida”.

Tan fuerte y profunda fue la experiencia del Resucitado en los Apóstoles y en los primeros creyentes, que se lanzaron a predicar sin miedo este dogma fundamental: “Cree en Jesucristo muerto y resucitado y te salvarás”5. Ésta la esencia del kerigma “cristiano”: “A este Jesús Dios lo resucitó, de lo cual todos nosotros somos testigos”6. Ellos tenían un credo menos precisado verbalmente, pero era fuego ardiendo que les lanzaba a anunciarlo al riesgo incluso de dar su vida por Él y su causa: “Entonces llamaron a los apóstoles; y después de haberles azotado, les intimaron que no hablasen en nombre de Jesús. Y les dejaron libres. Ellos marcharon de la presencia del Sanedrín contentos por haber sido considerados dignos de sufrir ultrajes por el Nombre. Y no cesaban de enseñar y de anunciar la Buena Nueva de Cristo Jesús cada día en el Templo y por las casas”7.

Porque esa experiencia no es exclusiva de los primeros creyentes yo puedo concluir que el Resucitado sigue empeñado también hoy en tener una relación profunda “conmigo”, con ese yo personal que me individualiza y que es llamado a caminar bajo su luz y en la comunión fraterna, como lo demuestra la experiencia expresada en los Hechos de los Apóstoles8, pues ésta experiencia no es un hecho meramente “personal”, sino de vida fraterna. El Resucitado es la puerta que nos abre a la vivencia trinitaria. En la expresión “mirad cómo se aman” los paganos adivinaban el aroma “cristiano” de una vida en comunión de amor. La fracción del pan celebrada en los hogares iba fortaleciendo a las comunidades que vivían a fondo el mandamiento nuevo del amor, a pesar de conflictos interpersonales a través de los cuales se iban fortaleciendo en medio de persecuciones.

Personalizar la experiencia pascual

No es un asentimiento cerebral, fruto de un proceso lógico; se sitúa a nivel intuitivo y de experiencia, fruto de la fe como confianza y abandono en Aquel en quien vivo, me muevo y respiro9. Esta fe me lleva a confiar en que Él es parte esencial del proyecto de mi vida y que mi “aquí y ahora” es sólo una partecita pequeña del “gran proyecto” que, junto con Él y en Él se irá fraguando en mí, muchas veces a pesar de mí mismo. Tengo la confianza de que la energía del Cristo Resucitado actuando en mí se convierte en historia de salvación y aventura de amor10.

Y así mi vida y la tuya se alimenta del dinamismo constante que nos hace pasar de la muerte a la vida, como la semilla que cae en tierra y, tras su aparente descomposición, resurge llena de vida y transformada. A este proceso podemos llamarle “muerte mística”, “revestirse de Cristo”, “nuevo nacimiento”… Un texto paulino nos recuerda esta verdad: “Despojaos del Hombre Viejo y sus obras y revestíos del hombre nuevo, que se va renovando hasta alcanzar un conocimiento perfecto, según la imagen de su creador, donde no hay griego y judío, circuncisión e incircuncisión, bárbaro, escita, esclavo, libre, sino que Cristo es todo y en todos. Revestíos, pues, como elegidos de Dios, santos y amados, de entrañas de misericordia, de bondad, humildad, mansedumbre, paciencia, soportándoos unos a otros y perdonándoos mutuamente si alguno tiene queja contra otro”11.

El Resucitado se convierte en “vida de nuestra vida y muerte de nuestra muerte”, pues Él penetra tan profundamente la vida en todos sus niveles, que le pertenecemos a Él totalmente y así nuestra muerte ha sido derrotada. Su muerte ha matado nuestra muerte: “La muerte ha sido devorada en la victoria. ¿Dónde está, oh muerte, tu victoria? ¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón? El aguijón de la muerte es el pecado; y la fuerza del pecado, la ley. Pero ¡Gracias sean dadas a Dios que nos da la victoria por Nuestro Señor Jesucristo!”12.

Las primeras catequesis cristianas centran esta experiencia pascual en el Bautismo, como si éste fuera la placenta en donde se origina la “vida nueva”. El bautismo, comúnmente celebrado en aquel tiempo por inmersión, hacía resonar vivamente las palabras de Cirilo de Jerusalén: “Primeramente entrasteis en el pórtico del baptisterio, y estando vueltos hacia el occidente se os mandó extender la mano y renunciar a Satanás, como si estuviera presente… Y os voy a explicar por qué motivo se os manda mirar a occidente. Porque el occidente es el lugar de las tinieblas sensibles, y él tiene su imperio en las tinieblas, porque él mismo es tinieblas; y por esto, para guardar la razón de lo que esto significa, renunciáis a Satanás mirando hacia el ocaso… Después fuisteis llevados a la santa piscina del Bautismo, del mismo modo que Cristo lo fue de la cruz al sepulcro. Y se os preguntó a cada uno de vosotros, si creía en el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo. Y después de confesar esto fuisteis sumergidos por tres veces en el agua y otras tantas sacados; y con esto significasteis la sepultura de los tres días del mismo Jesucristo. Porque así como nuestro Salvador estuvo tres días y otras tres noches en el vientre de la tierra, así vosotros imitasteis con la primera inmersión la primera noche de Cristo y con la salida el primer día… ¡Oh nuevo e inaudito género de cosas!”13.

Cristo instaura un canto nuevo en el corazón

El Resucitado viene a implantar un “canto nuevo” en el corazón del creyente y le infunde una vida nueva, que consiste en la melodía de la alegría esencial de saberse incondicionalmente amado por el Dios de Jesucristo que ha liberado en él el pecado, la ignorancia y el poder de la muerte. “Para quien está en Cristo lo viejo ha pasado, hay una nueva creación”. Es la alegría profunda que el Resucitado depositó en el corazón de las mujeres que “se llenaron de alegría”. Es la alegría de los discípulos de Emaús que, antes del amanecer, regresaron a Jerusalén para anunciar: “Ha resucitado el Señor. Le reconocimos al partir el Pan”14. Es la alegría a la que San Pablo exhorta constantemente: “Estad alegres, os lo repito, estad alegres; que vuestra alegría se patente ante los hombres”15. “Alegría, lágrimas de alegría” repetía Pascal en recuerdo de su conversión y cercanía del Espíritu en su vida. Ese Espíritu que es Fuego que abrasa a la persona en ráfagas de gozo incontenible.

En los comienzos del cristianismo la Eucaristía o fracción del Pan se celebraba cada domingo como “memorial” de la experiencia del Resucitado entre los creyentes. San Justino, filósofo converso del paganismo detalla este aspecto de forma narrativa: “El día llamado del sol se reúnen todos en un lugar, lo mismo los que viven en la ciudad que los viven en el campo… se leen los tratados de los apóstoles o los escritos de los profetas… Luego el que preside se encarga de amonestar, con palabras de exhortación, a la imitación de cosas tan admirables… Después nos levantamos todos a la vez y recitamos preces… Y a continuación se trae pan, vino y agua… Tras de lo cual se distribuyen los dones sobre los que se ha pronunciado la acción de gracias, comulgan todos, y los diáconos se encargan de llevárselo a los ausentes… Y nos reunimos todos el día del sol, primero porque este día es el primero de la creación, cuando Dios empezó a obrar sobre las Tinieblas y la materia; y también porque es el día en que Jesucristo, nuestro salvador, resucitó de entre los muertos. Le crucificaron en efecto la víspera del día de Saturno, y al día siguiente del de Saturno, o sea el día del sol, se dejó ver por sus apóstoles y discípulos y les enseñó todo lo que hemos expuesto a vuestra consideración”16. Es en la Eucaristía donde somos de verdad Cuerpo Glorioso de Cristo a pesar de las llagas que el pecado ha dejado en nuestras vidas. ¡Bendito pecado que nos mereció tal Redentor!

Porque en realidad estamos en “permanente estado pascual”, hasta que Él vuelva. Desde la Pascua contemplamos la Cruz y su valor salvador. Pasamos “de la cruz a la luz”, pues llevamos dentro la semilla de la inmortalidad que nos libera del miedo, de la culpa y de todo lo que nos lleva a la autodestrucción emocional, a la desesperación y la fragmentación tanto personal como comunitaria. El mensaje del Resucitado es tremendamente claro: “No tengáis miedo, soy yo”17. ¡Qué belleza cuando vivimos desde la Resurrección! Vivir así es volver a las fuentes de la vida, y ponernos en contacto con lo mejor de nosotros mismos, pues estamos tocados e invadidos por la gracia.

Lágrimas de alegría

“Cristo ha resucitado” es el kerigma anunciador de la Buena Nueva, núcleo de nuestra fe, que debe ser redescubierto como experiencia gozosa de liberación. También nosotros podemos decir como Pascal: “alegría, lágrimas de alegría”. Cristo Resucitado, Alfa y Omega, es el mismo ayer que hoy y su “energía” sigue tan viva y activa hoy como en el pasado. Esa energía reconstruye nuestras personas rotas y hace realidad la exhortación de Jesús a Nicodemo, “tienes que nacer de nuevo”18. La persona que acepta por la fe al Resucitado se siente profundamente “tocada” por Él y, fruto de esta experiencia, surge in crescendo, no sin pruebas y sufrimientos, “una nueva creación” que se nota por los siguientes síntomas existenciales:

– Crecimiento de confianza ilimitada en la vida, porque sabe que es en Él en quien vivimos, nos movemos y existimos.

– Consciencia de estar invadido por la presencia gozosa del Resucitado que le ama tal cual es, ahí donde se encuentra.

– Un dinamismo entusiasta que le lanza a testimoniar la alegría, el perdón incondicional y la paz.

– Integración global de la persona con sus capacidades, limitaciones, errores, aciertos y pecados, y así su vida adquiere un nuevo sentido manifestado en la armonía y la paz con todo y con todos.

– Deseo profundo de contemplación, alabanza, gratitud y fiesta, desde donde lo más sencillo y cotidiano es objeto de “celebración”.

– Simplificación mental al constatar que lo esencial consiste en amar y ser amado. Su vida se convierte en proyecto de amor renovado cada día.

– La comunidad como don y tarea de unidad en la diversidad. Sabe perder porque relativiza toda ideología, todo lo meramente cultural y toda percepción prejuzgada o distorsionada.

– Convencimiento que se impone ante los demás no por la fuerza, sino por la transparencia y la asertividad que proceden del mensaje pascual: “No tengas miedo, soy yo.”

– Confrontación de todos los miedos, dialogando con ellos y venciéndolos desde la bondad y la confianza.

– Creatividad desde la pobreza de medios. Sólo el testimonio de vida cualifica la acción, la palabra y el apostolado.

– La salud y la enfermedad quedan relativizadas. Dios ama la vida en la salud y la juventud así como en la decadencia y la vejez.

Todo esto no es fruto del voluntarismo, sino de la energía del Resucitado que hace posible lo que Pablo predicaba: “Por tanto, el que está en Cristo, es una nueva creación; pasó lo viejo, todo es nuevo”19.

De la cruz a la luz

Pero no hay Pascua sin Viernes Santo, ya que “sucede que, aquí abajo, la alegría del Reino hecha realidad, no puede brotar más que de la celebración conjunta de la muerte y resurrección del Señor. Es la paradoja de la condición cristiana que esclarece singularmente la de la condición humana: ni las pruebas, ni los sufrimientos quedan eliminados de este mundo, sino que adquieren un nuevo sentido, ante la certeza de compartir la redención llevada a cabo por el Señor y de participar en su gloria…. El Exsultet del pregón pascual canta un misterio realizado por encima de las esperanzas proféticas: en el anuncio gozoso de la resurrección, la pena misma del hombre se halla transfigurada, mientras que la plenitud de la alegría surge de la victoria del Crucificado, de su Corazón traspasado, de su Cuerpo glorificado, y esclarece las tinieblas de las almas”20. Leyendo los Hechos de los Apóstoles y las Cartas de San Pablo vemos que la Cruz es el “precio” que gozosamente “pagamos” por nuestro nuevo estilo de vida. Así los apóstoles sufrían con gozo azotes, calumnias, cárcel y persecución porque Él les animaba y fortalecía concediéndoles la imperturbable conciencia de que estaban en lo cierto. Para Pablo la vida era Cristo y la muerte una ganancia.

La Cruz es presencia misteriosa en los que siguen al Resucitado. No hay que buscarla, pues tarde o temprano la luz que todo lo llena de su claridad encontrará la resistencia de la tiniebla. Es una lucha que se da desde dentro y que llega a afectar todos los niveles estructurales de la Iglesia y de la sociedad, y así se cumple la bienaventuranza de que son felices los que trabajan por hacer un mundo mejor. La cruz llega en forma de persecuciones, en la consciencia de nuestras debilidades y pecados, en la decisión de perdonar incondicionalmente… La última palabra es la del amor. La persona unida al Resucitado se sabe siempre ganadora en Aquel que ya ha vencido incluso el poder de la muerte.

Encontramos en nuestras comunidades personas que viven en el aislamiento, la tristeza, el desprecio de sí mismas, la cobardía ante el futuro, la desgana, y la desesperación, como fruto del cansancio existencial. Nos preguntamos: ¿Cómo pueden existir actitudes semejantes en personas que han sido marcadas por la experiencia pascual del Resucitado? Si Cristo viene a instaurar una fiesta en el corazón humano, si Él es nuestra esperanza y nuestra fortaleza, si ha prometido permanecer con no-sotros hasta el fin del mundo en los sacramentos, si me llama a la Comunidad, si ha asumido mi pecado, mi mediocridad y también mi valía, si en Él ya estoy salvado, ¿tengo derecho a vivir así? Mi única tristeza debería ser el no contagiar a otros el gozo que gratuitamente ya he recibido.

Alegría, lágrimas de alegría deberían correr por nuestros ojos. Pero para llegar ahí deberemos aprender, a modo de terapia “pascual”, a distanciarnos emocionalmente de toda experiencia pasada para vivir a fondo el presente; deberemos relativizarlo todo para que “El Todo” llene y colme nuestros anhelos; es a Él a quien hemos entregado la vida por amor. En la Galilea de nuestras vidas, de nuestras rutinas, de nuestra pesca, allí donde nos ganamos el pan de cada día, es donde lo encontramos y el corazón se llena de gozo.

Una aventura que nunca acaba

Años atrás estuve en la tumba del Apóstol Tomás, en Chennai (India). En aquel lugar agradecí a Dios su proceso de incredulidad inicial hasta que cayó de bruces ante el Resucitado: “Dios mío y Señor mío”. Podemos pues consolarnos y confiar en que nuestro proceso personal hacia la plenitud de la gracia no es algo instantáneo sino que, como en Tomás, requiere toda una vida. Pero una vez entrados en la zona de atracción del Resucitado, da comienzo el viaje sin retorno al paraíso que ya llevamos dentro sin saberlo. Así lo expresaba Pablo: “Por la gracia de Dios soy lo que soy, y la gracia de Dios no se ha frustrado en mí, pues he trabajado más que todos ellos. Aunque no soy yo sino la gracia de Dios conmigo”21. La gracia, esa maravilla que viene de lo alto. Para encontrarla hemos de hacer el viaje interior a través del cual restauramos las fuerzas para nuestro viaje hacia afuera, pues no somos budas mirándonos el ombligo, sino personas encontradas por el Dios vivo para renovar el mundo por la fuerza del amor.

Benedicto XVI nos recuerda que “es el encuentro con Él lo que, quemándonos, nos transforma, y nos libera para llegar a ser verdaderamente nosotros mismos. En ese momento todo lo que se ha construido durante toda la vida puede manifestarse como paja seca, vacua fanfarronería, y derrumbarse. Pero en el dolor de este encuentro, en el cual lo impuro y malsano de nuestro ser se nos presenta con toda claridad, está la salvación. Su mirada, el toque de su corazón, nos cura a través de una transformación, ciertamente dolorosa, como a través del fuego. Pero es un dolor bienaventurado, en el cual el poder santo de su amor nos penetra como una llama, permitiéndonos ser por fin totalmente nosotros mismos y, con ello, totalmente de Dios”22. El mismo Benedicto XVI dedicó hace un tiempo varias catequesis acerca de San Agustín. Subrayó la disponibilidad total de este santo a los planes de Dios que a veces contradecían su inclinación natural al estudio y la reflexión. La de San Agustín no fue una conversión repentina y definitiva, sino un camino de escucha y disponibilidad hasta el final de su vida, y se puede decir con verdad que sus diferentes etapas son una única y gran conversión. Toda una historia de amor, de batallas entre la fuerza de la gracia y el ego posesivo y esclavizado. Una historia en la que el amor fue poco a poco ganando el centro de la vida. Y ésa fue la experiencia de nuestros fundadores y fundadoras, hasta que pudieron decir: “Mi Dios y mi todo”. Jesús Resucitado deshace toda falsedad y su mirada nos moldea a su imagen. Él respeta lo que somos según nuestra condición, se adapta a nuestro paso. Y podemos decir con León Felipe:

“Nadie fue ayer

ni va hoy,

ni irá mañana

hacia Dios

por el mismo camino

que yo voy.

Para cada hombre guarda

un rayo nuevo de luz el sol…

y un camino virgen

Dios”.

La belleza que cambia el mundo

Dios me ha elegido porque ha querido, para que desde mi irrelevancia, como la de María, Él manifieste su belleza, “la belleza salvará al mundo, pero ¿qué clase de belleza salvará al mundo?”. La cuestión queda sin respuesta en el libro de “El idiota” de Dostoievski. El cardenal Carlo María Martíni, sj, atisba la siguiente respuesta en el silencio del héroe de la obra: “La belleza que salvará al mundo es el amor que comparte la pena”. Es la belleza que debemos compartir con los pobres, siendo pobres nosotros mismos. En Jesús, a través de María, la belleza de Dios se ha manifestado a través del Amor que comparte nuestra pena y nuestra humanidad.

En los momentos duros que la vida religiosa atraviesa aprenderemos esta lección: pobres de medios, irrelevantes, con una mentalidad simple y confiada, cercanos a la gente, entre los pobres, pobres como ellos. Porque lo que predicamos, de los que queremos ser signos, es del Cristo Crucificado y Resucitado.

Memoria de la resurrección

(Trabajo Personal)

Le pido al Señor que me dé el “sentido” profundo de todo lo que se me ha dado. Delante de Él me reviso y dejo que me enseñe, como a los discípulos, por última vez. Todo ello a la luz del texto de Juan 21:

– Los Apóstoles ya se han encontrado con el Resucitado, pero no saben qué hacer. Así vuelven a sus tareas, como la pesca. Siguen haciendo “lo que saben”. Ahí se encuentran seguros… Jesús viene a ellos, no han pescado nada… Le obedecen echando las redes, aunque no entienden… También a mí me espera la rutina y la frustración. Pasaré por ciertas “pruebas, sin duda”.

– Juan lo reconoce, porque es limpio de corazón (Mt 5, 8) Pedro se echa al agua, loco por abrazar al Maestro… ¿Cómo es mi experiencia pascual con Jesús? Estudio las mociones internas que me habitan.

– Jesús pegunta: “¿Me quieres?”. Ahora esa pregunta se dirige a mí, desde la experiencia de mi pecado y debilidad, desde los empobrecidos, desde el dolor del mundo.

– Jesús añade “¿Más que los otros?”: Trato de ver si Jesús es el centro de mi vida, si lo amo más que a los demás… ¿Lo amo sirviendo y dándome, desgastándome por los demás?

– “Sígueme”: ¿Qué significa esto en mi vida? Reviso mi apertura hacia el “milagro” de mi vida.

– Escribo una “Carta a Jesús Resucitado”, conversando con Él como con mi mejor amigo.

1 1 Co. 15, 12-14

2 Hech 9,1; 22, 3-17; 26, 9-18

3 Fil 1, 21

4 Expresión poética de Juan de la Cruz, en “Llama de amor viva”

5 Hech 3, 16

6 Hech 2, 32

7 Hech 5, 40, 42

8 Hech 4, 32, 36

9 Cfr. Hech 17, 28

10 2 Co 2, 11, 13

11 Col 3, 10-13. Ver también: Rm 12, 2. 13-14; Gal 3, 27-28

12 1 Cor. 15, 54-58

13 Mistagogias I, 2-14. II, 3

14 Cfr. Luc. 24, 35

15 Fil. 4, 4-7

16 San Justino, Extracto de la primera Apología

17 Mt 28, 5.10; Mc 16, 6; Lc 24, 5-6; 32, 37-41; Jn 20, 19. 26

18 Jn. 3, 5-7

19 2 Co 5, 17

20 Pablo VI, “Exhortación Apostólica GAUDETE IN DOMINO”, 1975, no. 28

21 1 Cor 15, 9-11

22 Spes Salvi, 47

 

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