Hacemos experiencia en este día de que somos “amigas fuertes de Dios”

La primera lectura de hoy narra la vocación de Abraham. Dios, gratuitamente, es decir, sin merecimiento alguno por su parte, lo llama para establecer con él una alianza eterna de amor. Con amor eterno te he amado, le dice el Señor indirectamente.

Establece con él un pacto de amor que Dios no romperá jamás, y le pide a Abraham que no lo rompa tampoco. “Mantendré mi pacto contigo, dice el Señor, y con tu descendencia en futuras generaciones como pacto perpetuo”. Y tú, le dice a Abraham, guarda mi pacto, que hago contigo y tus descendientes por generaciones”.

Desde ese momento Abraham pasa a ser uno de los “amigos fuertes de Dios” como le gustaba decir a Teresa de Avila. Recibe de Dios una gracia de amor inmerecida. Una gracia que, además, será fecunda en él y en todas las generaciones detrás de él. Ha sido favorecido por el Señor, agraciado, amado desde siempre y para siempre.

Este mismo pacto lo hace el Señor hoy con nosotras, hermanas mercedarias. En Abraham, padre de creyentes, hemos sido agraciadas también cada una de nosotras y nos podemos apropiar, con toda razón, el mismo pacto que Dios hace con nuestro padre en la fe. Formamos parte del pueblo que vive inmerso por generaciones en un pacto de amor, en una alianza de amor. Alianza que Jesús sella con su vida, pero sobre todo con su muerte y resurrección.

Por eso puede decir Jesús en el Evangelio que el que crea en Él y cumpla su palabra no verá la muerte jamás. Porque la alianza de amor de Dios con su pueblo, y con cada uno de nosotros, es una alianza de amor en la vida y para esta vida, pero que nos conduce hasta la vida eterna. Nada más grande que la alianza de Dios con su pueblo haya sido sellada con la sangre de su Hijo, sangre redentora la restaura en quien la ha roto, sino que la convierte en nueva creación para todos los hijos de Dios y para el cosmos entero.

Vivamos hoy inmersas en el gozo de esta alianza. No la rompamos por el pecado personal, ni por el pecado comunitario, ni por el pecado institucional. Sintámonos amigas fuertes de Dios por este amor eterno recibido, sellado en la cruz de Jesús, y convirtamos nuestra vida en TESTIGO Y TESTIMONIO DE ESTA ALIANZA DE AMOR QUE ES LA FUENTE INAGOTABLE DE NUESTRO ALEGRÍA Y DE LA ESPERANZA DEL MUNDO.

 

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