Pedimos al Espíritu que nos conceda la gracia de superar el pecado de la “incredulidad”

La primera lectura de hoy nos presente un pueblo extenuado por los avatares del camino que se rebela contra Moisés y contra Dios.  Y, cansado de todo, desea volver a la esclavitud de Egipto.

Es una situación que a veces nos sorprende a nosotras en nuestra vida diaria. Cuando las cosas nos salen mal, o no como nosotras quisiéramos, nuestro ánimo decae, nuestra vida espiritual -si no estamos atentas, se debilita- y DUDAMOS DE TODO, HASTA DEL SEÑOR, COMO LE PASÓ AL PUEBLO DE ISRAEL. En ese momento también en nosotras sucede que añoramos o deseamos otro tipo de vida e incluso de vocación, olvidándonos del amor eterno del Señor que no abandona nunca a su pueblo ni nos abandona a nosotras, porque es un Dios fiel, eterno es su amor y eterna es su misericordia. Culpamos a Dios de los avatares adversos de la vida, y Dios no tiene ninguna culpa. Todo depende a veces del mal uso que hacemos de la libertad de ser, porque Dios nos ha hecho libres y respeta siempre nuestra libertad. Sabemos que los caminos de Dios no son nuestros caminos y que, a veces, estos caminos de Dios no coinciden con los nuestros.

En el Evangelio Jesús acusa también a quien no cree. Y dice con contundencia que los que no creen en Él no heredarán la vida eterna. Y después de exponer su verdad, avalada constantemente por la presencia del Padre, que ha conducido su vida, como conduce la nuestra, en todos los tramos de la misma, el Evangelio termina diciendo: Y MUCHOS CREYERON EN EL..

La vida religiosa en general, y nuestra vida religiosa mercedaria en particular, tiene que superar el pecado de la INCREDULIDAD. Ya dijo una vez un experto en vida religiosa que los religiosos vivimos en la epidermis de la fe. Somos los profesionales de Dios, pero a veces vivimos como el pueblo de Israel en el desierto, REBELÁNDONOS CONTRA DIOS y como si no creyéremos en su amor eterno y fiel.

Que en nuestra vida de hermanas mercedarias acontezca hoy lo que dice el Evangelio: “…Y muchas creyeron en El”… Que esto sea de verdad y que Jesús sea el centro de toda nuestra persona, de toda nuestra vida, de toda nuestra existencia y de toda nuestra misión.

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