Estabat Mater… Estaba la Madre…

Hoy, sábado de la cuarta semana de cuaresma, queremos acompañar a María al pie de la cruz. Miramos a la Madre que, con fortaleza admirable, sabe contemplar:

  • El dolor físico del Hijo… Tan duro. El desgarro de la carne de la cabeza a los pies; la corona de espinas martirizando su cabeza; el costado abierto; el peso del cuerpo tendido a lo largo con todos los músculos tensos y doloridos; los huesos quebrantados… El dolor físico de Jesús, tan cruel, tuvo que quebrantar también el corazón de la Madre
  • El dolor psicológico y social… Despreciado por todos los poderes civiles y religiosos; abandonado por las gentes a las que tanto bien les había hecho; insultado por los soldados romanos; herido en lo más hondo por las autoridades judías que lo retan: Si eres hijo de Dios, bájate de la cruz…Maltratado en lo más digno de su dignidad al dejarlo desnudo…Desechado, tenido por el mayor malhechor; por embaucador y mentiroso; por instigador del pueblo… Este dolor de Jesús tuvo que ser casi más grande que el físico. Y también lo fue para María, que no se avergonzó socialmente de su Hijo.
  • El dolor espiritual…Porque Jesús se sintió de verdad abandonado por el Padre. La más densa oscuridad cayó sobre las noches de su alma, pensando que Dios su Padre lo había abandonado para siempre. Y El no se queja, acepta, calla, acoge y se entrega… Esta noche intensa tuvo que ser lo que más hizo sufrir a Jesús y también a María. Seguro que ambos se cuestionaron en ese momento si la voluntad del Padre había sido verdadera en ellos y en sus vidas y si había servido de algo…

¡CUANTO SUFRIO JESUS! ¡CUÁNTO SUFRIO MARIA!

Pero María supo recoger todo este dolor del Hijo como espada que le traspasó el alma y permaneció de pie, junto a la cruz, sin dejar al Hijo de sus entrañas. Y en esa hora de dolor, con tanto sufrimiento, supo no sólo asumir todo el dolor redentor, sino el dolor de su maternidad universal que nacía a los pies de un Crucificado. Así se hizo y se manifestó Ella como Merced de Dios.

A nosotras, hermanas mercedarias, por vocación, se nos pide lo mismo. Permanecer a los pies del Crucificado asumiendo y acogiendo su dolor porque para eso nos decimos “redentoras y liberadoras” y  tenemos que unir nuestros sufrimientos a los de Cristo por su cuerpo que es la Iglesia; y seguir a María en su maternidad redentora de los seres humanos de todos los tiempos. Nuestro compromiso es de vida, para poder dar vida y vida abundante y para poder ser, como también decimos, “merced de Dios para el mundo”. La vida y la merced de Dios nacen, sobre todo, del sacrificio de la cruz.

Acompañamos a María, especialmente, en estos sábados de cuaresma

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