Hoy os anuncio una gran alegría: “Estamos en el afecto materno de Dios en el tiempo y en la eternidad”

El profeta Isaías nos revela que Dios está unido a su pueblo, y está unido a nosotros, con la ternura de una madre buena. Lo que quiere decir que nos ama desde las entrañas. Es más, si una madre terrena se puede olvidar del hijo de sus entrañas, dice el profeta, Dios no se olvida nunca de sus hijos e hijas, ni del cariño que tiene para cada uno de nosotros.

Es una feliz noticia creer y experimentar:

  • Que Dios es como una madre, que ama desde las entrañas
  • Que estamos permanentemente en el afecto materno de Dios
  • Que Dios no se olvida nunca de nosotros ni se olvida de su cariño por todos
  • Que Dios nos tiene en su recuerdo amante, amoroso y fiel
  • Que estamos en su mente afectuosa, llena de benevolencia y compasión
  • Que su corazón está unido a nuestro corazón con tanta ternura que jamás podrá olvidarnos; y que esto nos salva, nos libera, nos restaura de nuestras heridas

Nuestro Dios tiene un corazón desbordado de amor por todos nosotros.

Ojala que el Espíritu santo a cada una de nosotras, Hermanas mercedarias, nos conceda la gracia de caer en la cuenta hoy, y experimentar, que el Dios en el que creemos es un Dios entrañablemente amoroso y fiel. Lento a la cólera y rico en piedad y misericordia, rico en cariño materno. Un Dios que nos sube sobre sus mejillas, como dice el profeta Oseas, y nos acaricia con ternura y consolación. Por tanto, frente a este Dios no caben miedos ni temores. Cabe una confianza total y absoluta, un total abandono en sus brazos de Padre/madre. Y gozar de sus infinitas caricias de amor, que constantemente nos liberan de nuestros pecados y nos restauran interiormente.

Por otra parte, este Dios, en Jesús, nos ha regalado y nos regala constantemente la vida, como hace una madre buena, regalar vida y vida abundante. Dios ha mandado a su Hijo al mundo para que tuviéramos vida y una vida desbordante. Quien cree y ama al Hijo, tiene la vida. La muerte ya no tiene poder sobre nosotros. Si creemos en el Hijo y en su Palabra, y la cumplimos, no conoceremos los abismos de la muerte, sino la plenitud de la vida.

Por eso, en este día nos gozamos de la ternura de Dios y de la vida que se nos regala, recibida a través de Jesús, “que es camino, verdad y vida”. Y ello nos compromete a ser nosotras mismas con los demás ternura de Dios y vida para todos. Los frutos de la redención recibidos, y estos son dos muy importantes presentes en nuestro carisma, los tenemos que dar con gratuidad a todas las personas que se crucen diariamente en nuestro camino.

 

 

 

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