Hoy celebramos el “sí de María” a Dios

Hoy es un día importante y feliz en el calendario cristiano. Celebramos el sí de María a Dios. Ese fiat por el que tuvo lugar el mayor milagro de amor para la humanidad herida. Con su sí María hizo posible que el Hijo de Dios, Jesús, se encarnara no sólo en su seno, sino también en el corazón de la tierra y de cada uno de nosotros, realizando así esa recreación y recapitulación de todo lo creado en Jesucristo.

Qué felices nos sentimos en este día al contemplar una sencilla mujer, de un pueblo pequeño, sencillo y pobre de Galilea dando un sí a Dios que cambió la historia de la humanidad. Conmueve nuestro corazón el leer la página evangélica en la que contemplamos lo enamorado que Dios estaba de Ella. De la misma manera, contemplamos en su respuesta el amor de María al Dios de la alianza.  En medio de una fe oscura y con un montón de preguntas, Ella se abandona a lo que Dios le pide y, sin pensarlo mucho, le dice que sí. Su fiat es la palabra generadora de nueva vida para la humanidad. Jesucristo, encarnándose en su corazón y en su seno, se hace “uno de nosotros”, “uno con nosotros” y “uno de tantos” elevando nuestro humanidad hasta la misma divinidad de Dios. El misterio de la encarnación es la potencia del amor de Dios restaurando a la humanidad herida en el pecado de Adán, restaurándolo desde dentro. Hoy, en María de Nazaret, no sólo somos más humanos sino más divinos.

  • Celebramos en este día la fe de María, que se abandona en los brazos de Dios
  • Celebramos la llamada y vocación de María, llamada a ser madre de Dios para la humanidad
  • Celebramos le encarnación del Hijo y su vocación de oblación y entrega por amor a cada uno de los hijos e hijas de Dios
  • Celebramos el misterio de la sencillez, del abajamiento, de la humildad y de la obediencia de un Dios enamorado de la humanidad…
  • Y celebramos, en la fe de María y en su sí, nuestro sí a Dios en la vocación que vivimos como hermanas mercedarias de la caridad  para caminar con la humanidad crucificada,  y para hacer bien a la humanidad que sufre y que vive en las márgenes de todo lo humano. Ojalá que nuestro sí, avalado por la fe de la Virgen, se convierta en obediencia permanente de amor para entregar nuestra vida en oblación por los pobres y necesitados, y en alabanza a un Dios que, por su Espíritu, también encarna a Jesucristo su Hijo en nuestros corazones. Por esta encarnación también nosotras somos hoy  un “sí de amor” al amor eterno de Dios.

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