Qué gracia tan grande se nos concede de amar a Dios con todo el corazón y al prójimo como a nosotros mismos

El Evangelio de este día es una joya en la palabra y en el contenido de la palabra.

El escriba arrancó de labios de Jesús cuál era el mandamiento mayor de la ley. Y Jesús, sin vacilar le contestó: Escucha Israel, el Señor, nuestro Dios, es el único Señor. Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente, con todo tu ser. El segundo es este: Amarás a tu prójimo como a ti mismo.  No hay mandamiento mayor que éstos (Mc 12, 18 b)

Y el escriba dijo: Tienes razón Maestro, este es el principal mandamiento y esto vale más que todos los holocaustos y sacrificios. Y Jesús, viendo que el escriba estaba en la verdad, le contestó: NO ESTAS LEJOS DEL REINO DE DIOS…

¡Qué bello sería si a nosotras hoy, Jesús de Nazaret, nuestro Maestro, nos pudiera decir que no estamos lejos del Reino de Dios porque amamos a Dios sobre todas las cosas y a nuestro prójimo como a nosotras mismas! Qué felicidad sería la nuestra si pudiéramos decir con verdad y con coherencia que amamos a Dios con todo el corazón, con toda el alma, con toda la mente y con todo nuestro ser… Y que también amamos a nuestro prójimo a la manera de Dios y como nos amamos a nosotras mismas.

Ahora no tenemos duda. Jesús nos ha dicho cuál es el camino del Reino. Y al parecer es solo el camino del amor a Dios y al prójimo. Sacrificios y holocaustos no pide el Señor: Misericordia quiero  y no sacrificio. Podemos ser sacrificadas hasta la saciedad y puras como ángeles, pobres como los mendigos más pobres… pero si no amamos, hemos perdido el camino de Dios y el camino del Reino.

Sin duda el Evangelio y nuestro carisma centralizan todos los días nuestros corazones en el amor a Dios apartándolo de otros dioses, y en el amor a los hermanos. Pero va pasando la vida y nos damos cuenta que en estamos aún en el abc del amor. En este día se nos ofrece la oportunidad de dejar que Dios cure nuestros extravíos, como dice la primera lectura, y de que Él convierta nuestra vida al amor desde su amor de Padre.

Ama y haz lo que quieras, decía San Agustín. Porque el que ama pertenece al ser más íntimo de Dios, y al alma más virginal de nuestros hermanos.

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