Hoy el Señor, nos invita de nuevo a “escucharle” para ser felices

Nuestro Dios desea nuestra felicidad. Lo que más le importa a Dios, nuestro Padre, es que sus hijos sean felices, porque nuestra vocación última es una vocación a la felicidad. Participar de la dicha, la alegría, el gozo, el amor pleno de nuestro Dios y, por tanto, de su felicidad eterna, es el destino de todos los seres humanos.

Pero, para ello, el Señor hoy en la primera lectura nos pedía “escucharle” agudizar los oídos físicos y los del alma para escuchar lo que El nos quiere decir cuando nos habla. Porque Dios nos habla constantemente al corazón. Recrimina al pueblo de Israel, pero también nos puede recriminar a nosotros, que no le escuchamos y que tenemos “una dura cerviz”. El Señor se lamenta, en boca de Jeremías, que ha mandado a sus profetas y no los hemos escuchado. Que no hemos escuchado su voz.

¡Qué importante es escuchar a quien nos ha creado y redimido por amor! Es importante por lo que decíamos más arriba, porque Dios quiere nuestra felicidad y Él es el que va trazando nuestro camino de vida y felicidad. Y este camino nos lo desvela cotidianamente en su Palabra.

Los milagros, incluso el que hace Jesús en el Evangelio, no surten el efecto esperado cuando los oídos del corazón están cerrados. Por eso, en este día, queremos disponernos a escuchar al Señor de todo corazón y con toda el alma. Dios nos habla a través de todas las mediaciones, pero, ¡qué bonito sería pasarnos hoy un buen rato en la capilla tratando de identificar la voz del Señor entre tantas voces que nos hablan!

Nosotras, hermanas mercedarias, queremos oír, escuchar, acoger y recibir la voz del Señor, sabiendo que es camino de felicidad existencial y de realización de nuestra vocación. Qué felicidad experimentaremos si nos convertirnos en escuchadoras asiduas de la Palabra, en personas que acogen la Palabra de Dios como un manantial de gracia… No dejemos pasar el momento en el que Dios nos hablará quedamente al corazón y nos hará partícipes de su felicidad. No desperdiciemos los instantes de gracia y de amor que el Espíritu Santo nos regala. Que el Señor no nos pueda decir a nosotras, hermanas mercedarias como dice al pueblo de Israel, SE HA PERDIDO LA FIDELIDAD…

 

 

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