La hermana mercedaria guarda en la “memoria del corazón” los preceptos del Señor

Hoy se nos invitaba en la lectio divina a “escuchar y no olvidar los preceptos del Señor”. La religión de Israel es la religión de la escucha. En el Deuteronomio, más que en ningún otro libro del A. Testamento, se dice varias veces “escucha Israel”… Es una invitación a estar atentos a las palabras que el Señor pronuncia el los corazones creyentes. Palabras que deben ser escuchadas y acogidas con la veneración con que son pronunciadas. Estas palabras, palabras del Señor, tienen que pasar de hijos a nietos y no olvidarse nunca, porque en ellas está la vida. Quien escucha estas palabras entra en el torrente de la vida y de la esperanza.

Se tiene que hacer, además, una constante “memoria de las mismas”. Son palabras que contienen los preceptos y mandatos del Señor para ser cumplidos, ya que también en ellos está la vida. Hacer memoria creyente, o mantener alerta la memoria del corazón, nos llevará a recordar las grandes maravillas que el amor del Señor y su misericordia ha realizado con el pueblo de Israel y con todos nosotros. Recordar es una bella forma de agradecer y volver a vivir las grandes experiencias creyentes. Es una forma de estar apegados al Dios de las promesas y de la alianza. El Shema Israel lo rezan los israelitas varias veces al día,  y tiene por misión de alabar y bendecir al Señor  y recordar lo que Dios ha hecho por su pueblo.

En nuestra vida de hermanas mercedarias, es importante “escuchar, recordar y no olvidar” lo que Dios ha hecho con nosotras y con nuestra familia religiosa. Y hacer experiencia de ese Dios cercano del que también nos habla la primera lectura de la Eucaristía. Un Dios que no abandona, que mantiene su fidelidad por mil generaciones, que está cerca para acoger, escuchar, bendecir, cuidar y proteger a su pueblo, y a nosotras, que lo amamos y lo seguimos de todo corazón. Estar apegadas a Dios, vivir en Él y por Él, hacernos tan cercanas al Padre como el se hace a cada uno de nosotros. Apegadas de corazón y con todo el amor de que somos capaces a este “Dios cercano” que se hace uno con nosotras y en nuestra vida.  Si nos ponemos a pensar ¡qué maravilla tener cercano a Dios!

Y el precepto que Dios comunica a nuestros corazones es uno solo: EL PRECEPTO DEL AMOR. Un amor que tiene que ser como el suyo, misericordioso y lleno de ternura, compasión, consolación y perdón. Este es el precepto que Jesús vino no abolir, sino a dar cumplimiento. Un precepto que nos llama cada día a ser santos como Dios es santo, y a entregar la vida en amor por nuestros hermanos. Que las leyes del Señor y sus preceptos, que son luz en el camino y descanso de las almas, los vivamos con entrega gratuita desde la memoria agradecida del corazón de lo que Él ha hecho por nosotros.

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