Un día maravilloso, porque Jesús nos ha encontrado en los brocales de nuestros pozos, a nosotras hermanas mercedarias de la caridad…

Jesús tiene sed y está cansado… Y se acerca al brocal del pozo de Sicar y se encuentra con una mujer. Es la samaritana. Mujer excluida del pueblo, por ser mujer en primer lugar, y por ser samaritana, pues los judíos no se tratan con los samaritanos.

Pero Jesús quería ardientemente encontrarse con esta mujer y la busca, se hace el encontradizo y se convierte para ella en el ser humano necesitado, porque tiene sed y está cansado y necesita que alguien le de un poco de agua… ¡Qué humano y qué grande es Jesús! El sabe lo que necesita la samaritana, pero no inicia el encuentro y el diálogo humillándola, sino haciéndose Él el necesitado frente a una mujer que, como digo más arriba, era una excluida. ¡Cómo y cuánto nos enseña Jesús de humanidad!

Pero lo que quiero decir es que hoy SOMOS NOSOTRAS, CADA UNA DE NOSOTRAS, la mujer samaritana a la que Jesús busca y desea encontrar. Ojalá que como ella, sepamos entrar en el encuentro, en el diálogo de Jesús, en la relación que quiere entablar con cada una  para que Él nos desvele, como le desveló a ella, nuestra verdadera identidad de mujeres y nos ponga en el camino del Evangelio. Que nos ponga en el camino de SU BUENA NOTICIA para vivirla en plenitud. Y, también,  en el camino del anuncio, como hizo con ella, que la convirtió en discípula y apóstol por la experiencia vivida. Que nos ponga en el camino de una verdadera experiencia creyente. Ojalá que con sed infinita de amor podamos escuchar de sus labios: DAME DE BEBER… Y QUE NOSOTRAS LE PIDAMOS A ÉL EL AGUA QUE SALTA HASTA LA VIDA ETERNA…

Jesús, necesitado de agua y de descanso, quiere descansar hoy en los brocales de nuestros pozos. Le interesa y le complace el encuentro con cada una de nosotras, hermanas mercedarias de la caridad; le interesa el diálogo amoroso y amante que quiere iniciar; le interesa nuestra palabra; se complace en nuestro corazón aunque esté lleno de miserias como el de la mujer samaritana; le interesa y le da alivio nuestro reconocimiento; le da alegría el agua que extraemos de nuestro pozo para saciar su sed; le interesa y le satisface nuestra compañía. El quiere permanece en nuestros brocales, lo desea, lo pide, lo añora, lo espera…

Dejemos que nos sacie del agua que salta hasta la vida eterna. Este agua nos purifica de todos nuestros pecados y nos devuelve a la identidad primera. Como a la samaritana Jesús nos pone en el reconocimiento de nuestra propia verdad y nos desvela, con el cariño de una persona enamorada, aquello que desvirtúa nuestra persona y vocación. Acojamos esta gracia que Jesús derrama hoy en el brocal del pozo. Dejemos que su mirada nos envuelva, que sus palabras nos confirmen en el camino de la conversión y de la gracia y que su corazón, lleno de amor y de agua que salta hasta la vida eterna, nos dejen para siempre con Él, en sus caminos y en sus sendas.

Sintámonos hoy como la samaritana, samaritanas de verdad. Y que después del encuentro con Jesús, de todos nuestros encuentros con Él, tengamos la capacidad de expresar nuestra felicidad por lo que Él es y nos regala; convirtámonos en anunciadoras del camino liberador de la gracia que Jesús hace con cada persona.

 

 

 

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