Hermana mercedaria de la caridad, ¡alégrate siempre del bien de los demás!

Hoy la palabra de Dios es interpelante para nosotras, que hemos sido llamadas para vivir la misericordia entrañable de nuestro Dios y a pasar por el mundo haciendo el bien a todos, alegrándonos de la vida que Dios derrama sobre las personas y del proyecto de felicidad que Dios tiene para cada una.

En este día la palabra nos presenta a “dos hijos” que son eliminados del camino que Dios había trazado para ellos por la mala condición de los hermanos en un caso, y de los trabajadores de la viña, en otro. Personas que, por la envidia, no soportando la presencia de estos “dos hijos” amados por sus respectivos padres, maquinaron el quitarlas de en medio como fuese. Estos hijos son prefigura de Jesús, que enviado al mundo con mucho amor por Dios, nuestro Padre, para salvar al pueblo de la esclavitud, fue quitado del medio y colgado en un madero. Cierto que esto entraba dentro de los planes salvadores de Dios, pero aún así, llama la atención como la insidia humana quitó también a Jesús de en medio.

Al P. Fundador, cuyo aniversario de su subida al cielo celebramos hoy, le pasó lo mismo. Dios lo permitió, pero estos mismos poderes fácticos lo quitaron de en medio y lo apartaron de la Congregación.

La envidia es uno de los pecados capitales que nos afecta a todos. Todos nosotros estamos hoy en los hermanos de José que maquinaron el mal contra él y en los trabajadores de la parábola.  “Todos llevamos en nuestras entrañas la inclinación a este pecado”. Por eso tenemos que vivir atentos para no caer en él. Hoy la palabra de Dios nos acompaña con su gracia para erradicarlo de nuestra vida, porque rompe el amor, hiere la fraternidad, elimina a personas buenas y no nos permite vivir la riqueza que cada persona es para los demás.

Hoy, en mi comunidad, nos hemos propuesto no tener ni un solo movimiento de envidia. Alegrarnos del bien de los demás, de su felicidad, de sus dones, de sus carismas, de sus dotaciones humanas y divinas porque Dios nos ha dado a cada una nuestros dones para edificación de la comunidad y para gozarnos con ellos, alcanzando así nuestra felicidad personal. Alegrarse con el bien de los demás es una camino de santidad y de caridad que tenemos que recorrer cada día. El día que experimentemos que nuestros hermanos no son una amenaza para nosotros, sino una verdadera gracia en la que nos podemos recrear y con la que nos podemos enriquecer, habremos ganado la batalla de los corazones nobles que siempre tienen una palabra y un gesto de bondad para el hermano con el que hace el camino hacia el cielo.

Pidamos a Dios que nos libre del pecado de la envidia que elimina sin compasión a los seres humanos.

 

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