Dios Padre ha confesado hoy a nuestros corazones: Este es mi Hijo muy amado…

Hoy nuestro corazón rebosa de alegría y gozo profundo porque Dios ha confesado a nuestros corazones en el episodio de la TRASNFIGURACION: “Este es mi Hijo muy amado, escuchadle”.

Sin duda que Dios Padre, al revelarnos la identidad divina de su Hijo nos ha querido dar con él, sobre todo en este día, todas las cosas. Esta revelación del amor del Padre es comunicación íntima y personal de su amor por la humanidad y por cada un o de nosotros. Una revelación que es salvadora, liberadora, redentora en el mismo Jesús que, además de ser hombre, es el Hijo muy amado del Padre que llevará a cabo con su pasión, muerte y resurrección la salvación del mundo.

Ahora no podemos tener ninguna duda. Jesús es el Hijo de Dios. Y nosotros somos hijos del mismo Padre en Jesús, nuestro hermano mayor, que nos precede en el camino de Galilea a Jerusalén y que dará la vida por nosotros para que lleguemos a alcanzar la identidad original primera, tal como estábamos en los ojos amorosos y amantes del Padre cuando nos creó.

El corazón se llena de gozo, de alegría profunda, de paz, de confiabilidad, de abandono, de amor agradecido hacia este Padre que en su confesión a nuestros corazones nos ha hecho la revelación de una esperanza que se cumplirá en Jesús y que se torna en camino de vocación como la de Abrán y en entrega incondicional a los duros trabajos del Evangelio. Vocación de ser hijos en el Hijo, hijos de un Dios que nos espera con los brazos abiertos cuando alcancemos, también nosotros, la plenitud de la transfiguración. Por eso, este camino de cuaresma, marcado a veces por del olor, el pecado que somos, las debilidades que experimentamos, las pequeñas muertes que vivimos,  se vuelve hoy luminoso, protagonizado por una luz que ha dejado nuestra alma encendida en la misma confesión de Dios: Este es mi hijo muy amado…

Y la petición amorosa del Padre, tan llena de ternura y de misericordia es: ESCUCHADLE… Escuchar al Hijo es escuchar, con música callada y avalados por la gracia del Espíritu, lo que Dios quiere para cada uno. Haremos bien, pues, en escuchar al Hijo. Será la delicia de nuestra vida, porque El tiene palabras de vida eterna. Palabras también humanas, que envuelven la humanidad en la perenne luz de la transfiguración y de la pascua.

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