Seamos mujeres provocadoras de vida, no de muerte. Oasis de gracia en los desiertos de la humanidad herida

Eva, como arquetipo de toda mujer, se convirtió, según la página bíblica que hemos leído hoy, en provocadora de muerte. Seamos nosotras, hermanas mercedarias de la caridad provocadoras de vida y forjadoras de vida. Que nuestras actitudes evangélicas lleven a muchos hombres y mujeres de hoy a conectar con la verdad original de nosotros mismos, tal como hemos meditado también en la página del Génesis. Verdad original que nos conecta con la vida, la gracia de Dios, su fidelidad de amor, su diálogo ininterrumpido con los que somos sus hijos. Verdad original que forma parte del sueño de Dios, desde toda la eternidad, para nosotros, sus hijos y para nuestras realidades.

A veces, así como por Eva entró el pecado en el mundo, con nuestras actitudes podemos provocar situaciones de muerte que pueden apartar de Dios a quienes nos contemplen, si no tienen capacidad para discernir y para acoger la debilidad y la fragilidad de nuestro ser de criaturas. Es verdad que la gracia es poderosa en nosotras, porque Jesús, con su pasión muerte y resurrección nos introdujo a todos en esa nueva creación que es la redención como posibilidad y como misterio. Pero, tampoco está de más que estemos sobre nosotras mismas, porque la gracia,  “que es tan poderosa”, como decía San Agustín, no puede nada sin nosotras.

Que en los desiertos del mundo en los que nos movemos, en arenas que no marcan caminos y que a veces suscitan la angustia de no vislumbrar la salida, nuestra vida sea como pequeños oasis donde los demás se puedan encontrar con el agua de la gracia, y que toda nuestra existencia, esté llena de luz para que dibujemos horizontes en esos desiertos horribles de la humanidad herida. También nosotras podemos introducir el pecado en el mundo y bañarlo cotidianamente con la gracia.

La tentación del maligno existe hoy también, pero existe, en mayor proporción, y nosotras hemos hecho experiencia, la fuerza de la gracia y el torrente de amor que salva y que nos salva. Seamos personas que van derramando Espíritu de Dios, liberación, buena noticia, amor redentor y gestos que humanizan de tal manera que tengamos la capacidad, con el Evangelio y el carisma hecho vida, de ahuyentar el maligno de nuestras comunidades y de la sociedad en la que vivimos, y convertir nuestras comunidades en oasis de vida, así como la realidad del mundo de la que formamos parte. Que las fuerzas del mal no se apoderen de ese proyecto bellísimo de Dios que nos reveló en el jardín del Edén y el día que resucitó a su Hijo de entre los muertos…por lo menos en nosotras y entre nosotras.

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