Las tentaciones de Jesús en la página “fe adulta” por José Arregi

LAS TENTACIONES DE JESÚS Y LAS NUESTRAS

Escrito por  José Arregi

Queridos amigos y amigas:

Al comienzo de nuestra Cuaresma, miramos a Jesús tentado en el desierto. Él es uno de nosotros. Miramos a Jesús tentado como nosotros, para tener de quién aprender en nuestro camino a la Pascua. ¿Solamente de quién aprender? Eso es decir poco. Miramos a Jesús tentado, para saber y tener con quién caminar. Jesús tentado es nuestro compañero de camino. Él nos reconforta.

El evangelio nos dice que el “diablo” lo tentó. Evidentemente, “el diablo” es una manera de hablar. El “diablo” no es un espíritu maligno que está ahí, dentro de nosotros o fuera de nosotros; no es un ángel tortuoso que nos está instigando al mal. El “diablo” no es un alguien separado de Dios y de nosotros.

“Diablo” viene del griego diábolé, que significa “desavenencia, desacuerdo”, y también “acusación falsa, calumnia”. Por ahí va lo diabólico: es esa desavenencia instalada en el corazón de nuestro ser, es esa falsa acusación contra nosotros y contra los demás que tantas incomprensiones y angustias y miedos nos provoca.

El “diablo” es una imagen que expresa nuestro ser inacabado y siempre herido, nuestro ser en desavenencia consigo y con los demás, que nos lleva a acusar, dividir, engañar.

¿Qué os imagináis? ¿Que Jesús no era de esta nuestra carne inacabada y herida? Pues sí lo era, y profundamente, y desde lo profundo la fue curando y nos cura. Su ser era nuestro ser: limitado como nosotros, herido como nosotros, hambriento en el desierto como nosotros, en camino hacia la Pascua como nosotros. Tentado como nosotros. También él sintió esa profunda desavenencia interna, ese conflicto de quereres que nos desgarra y nos pone a prueba.

Queremos y no podemos. No llegamos a hacer aquello que querríamos hacer, o a ser como querríamos ser. Querríamos ser mucho mejores de lo que somos, y no conseguimos serlo. O es la misma voluntad la que tal vez se desvanece y tambalea.

A menudo nos sucede que no sabemos ni siquiera lo que realmente queremos. O acaso nos sucede que sí lo sabemos, pero nuestra voluntad no posee la firmeza y determinación necesarias para realizar aquello que queremos. ¡Quién sabe lo que realmente nos pasa!

Algunos lo han llamado “pecado original”, pero esta categoría nos ha metido en auténticos berenjenales y, en todo caso, para que “el pecado original” pudiera explicar algo, tendríamos primero que poder explicar “razonablemente” el propio “pecado original”, y no hay manera, de modo que no nos sirve.

Una cosa es cierta: no hacemos -no podemos hacer- todo el bien que queremos, y hacemos muy a menudo -a nosotros mismos y a los demás- el daño que no querríamos hacer.

Así hablaba San Pablo, y nos basta con ese lenguaje, que no explica nada, sino simplemente describe la realidad. Llevamos profundamente adheridas en nosotros, y están profundamente incrustadas en todas las estructuras e instituciones sociales (y religiosas), muchas tendencias que contradicen nuestro querer más auténtico, el querer bueno y feliz de Dios.

Eso son las tentaciones: las tendencias, inercias, deseos, intereses, poderes y factores que nos impiden realizar nuestro querer más nuestro y verdadero, que es el querer de Dios. Y estamos heridos, y herimos sin cesar.

¿Por qué nos herimos? Yo no diría que lo hacemos por nuestra culpa y maldad. No. Nos hacemos daño a nosotros mismos y a los demás, no tanto por libertad, sino más bien por falta de auténtica libertad. No somos realmente libres, o dicho de otro modo: nuestra naturaleza o nuestro ser están aún inacabados.

Y de esa naturaleza nuestra inacabada es, precisamente, imagen el desierto. Vivimos en camino. Caminamos a la vida digna de ese nombre. Caminamos a la Pascua. Caminamos a la plenitud de nuestro ser. Caminamos hacia Dios. Y el camino está lleno de pruebas e incertidumbres. Pero debemos caminar. No basta decir: “Así soy y ¡qué le voy a hacer!”

Jesús también caminó, y su camino estuvo sometido a la prueba, la herida, la ignorancia. Y tuvo que aprender a liberar su auténtico querer. Nuestras “tentaciones” son también las de Jesús. El evangelio nos las ha resumido magistralmente: la tentación del pan, la tentación del Dios mágico, la tentación del poder.

En primer lugar, la tentación del pan: “Di que estas piedras se conviertan en panes”. Que todas las piedras se conviertan en pan fácil e inmediato: ¿qué más quisiéramos? ¡Pero qué engañoso es!

Es la tentación de satisfacer ya todos nuestros deseos y apetencias, es la tentación de poner nuestro interés inmediato por encima de todo lo demás, es la tentación del consumismo compulsivo y desaforado, es la tentación de pensar que seremos más felices teniendo más.

También Jesús tuvo que hacer frente a esa tentación. Escuchemos lo que dice: “No sólo de pan vive el ser humano”. También la palabra nos hace vivir. Y el amor y la belleza. Es decir: Dios nos hace vivir más que todo pan.

En segundo lugar, la tentación del Dios mágico: “Échate y Dios enviará ángeles que te recojan en el aire”. Es la tentación de la religión mágica, la tentación de convertir a Dios en explicación y recurso, la tentación de rebajar a Dios a nuestra medida y de utilizarlo para nuestros intereses superficiales.

Pero Dios no nos salva desde fuera. Dios no nos envía ángeles que nos recogen en el aire. Eso sería “tentar a Dios”: ser un Dios omnipotente y externo sería la tentación suprema de Dios. Dios no quiere ser omnipotente desde fuera, sino desde dentro de nuestro ser frágil, herido y peregrino. Escuchemos a Jesús: sólo desde nosotros mismos nos puede salvar Dios. Seamos ángeles los unos para los otros, y sólo así será Dios nuestro ángel de la guarda.

En tercer lugar, la tentación del poder: “Todo esto te daré, si te postras y me adoras”. Es la tentación de todos los reyes y de todos los reinos. Poseerlo todo y estar por encima de todos. Es “el diablo” por antonomasia: la desavenencia, la lucha, la opresión. El poder aplasta y ahoga.

Dios libera y da aliento. Escuchemos a Jesús: “Sólo a Dios adorarás”. Pues Dios sirve y hace libre. Sólo a Dios darás culto, pues Dios sirve y cuida delicadamente la vida de todo viviente. Jesús fue libre porque, en su ser inacabado y herido como el nuestro, sirvió y cuidó y sanó la vida. Así fue Jesús verdaderamente libre, verdaderamente humano. Y así fue verdaderamente divino.

Amigos y amigas, en Jesús vemos la medida y el destino de nuestra humanidad. Nuestra verdadera voluntad libre. Y cada vez que nuestra voluntad flaquea y titubea, él está con nosotros. En nuestro desierto, no caminamos solos: Jesús tentado y herido viene con nosotros. Vamos juntos a la Pascua, a nuestra verdadera libertad, para convertir el desierto de nuestro mundo en un nuevo paraíso.

 

José Arregi

 

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