Dios es también madre…

En el proceso de mi fe y de mi vocación tuve la dicha de hacer experiencia de que Dios, que es también Madre. Precisamente orando e interiorizando el texto de la liturgia de hoy:

14Pero Sion dijo: El SEÑOR me ha abandonado, el Señor se ha olvidado de mí. 15¿Puede una mujer olvidar a su niño de pecho, sin compadecerse del hijo de sus entrañas? Aunque ellas se olvidaran, yo no te olvidaré. 16He aquí, en las palmas de mis manos, te he grabado (Is 49, 15-16)

Sin duda, es este un texto precioso que nos lleva a hacer experiencia, en este día, de la maternidad de Dios. Una maternidad que se expresa en gestos de ternura y compasión, de amor cercano y acogedor, de consolación llena de humanidad y de fiesta por nuestra existencia, de perdón y de restauración constante de nuestra identidad original. Un amor maternal que es fiel y que se manifiesta en un cuidado amoroso y cotidiano por cada uno de nosotros, en términos de entrañas de amor misericordioso y liberador. Los gestos maternales de una madre, purificados de todo egoísmo, son los gestos que Dios usa cada día con nosotros, dándonos las razones más hondas para ser felices y descansar en el cuidado providente de alguien que da la vida y la entrega en gratuidad,  con el gozo profundo de amarnos como somos y a pesar de nuestras debilidades y pecados.

Hay muchas personas que tienen dificultad,  en su proceso creyente, de hacer experiencia de Dios como Padre, por diversas circunstancias de la vida. Pero existe la posibilidad, en nuestro proceso de fe, de hacer experiencia de la maternidad de Dios, pues hemos sido gestados en las entrañas mismas del Dios amor y en esas entrañas permaneceremos en el tiempo y en la eternidad. Entrañas que son canales cotidianos de cariño verdadero, de ternura infinita, de dulzura sin fronteras, de acogida sin condiciones, de escucha sin límites, de confianza hasta decir basta, de confiabilidad a pesar de todos los pesares. Entrañas que nos revelan que estamos siempre en sus pensamientos, en sus sentimientos más hondos, en su vida divina y humana, en su cotidiano “llamarnos a la existencia”.

Es tan grande su amor, tan profundo, tan lleno de vida y de esperanza, tan fiel… Es tan profunda su mirada amorosa y amante, tan realizadora su relación afectuosa y llena de luz, que en este día queremos bendecirlo y amarlo como la madre más tierna y amorosa que jamás hubiéramos soñado tener. Acerquémonos al manantial de gracia de su maternidad para podernos sumergir en su profundo amor en el que somos, vivimos, caminamos, somos y existimos. Dejemos que El nos tatúe en la palma de su mano y hagamos fiesta y celebración porque es absolutamente cierto de que “aunque todos nos llegaran a abandonar en este suelo que pisamos, “Él permanecerá fiel a cada uno de nosotros en el tiempo y en la eternidad”,  y en esta fidelidad recibiremos las razones hondas y profundas de nuestra felicidad y la fuerza para seguir caminando. No nos agobiemos ni por el pasado, porque El lo ha redimido; ni por el presente, pues El provee a todas nuestras necesidades; ni por el futuro, porque en sus manos de madre podemos descansar, vivir y morir.

Este es el testimonio más hondo de que Dios es madre…

Porque mamaréis sus pechos y os saciareis de sus consolaciones, Y succionaréis gozosos las ubres de su gloria. (Is 66,11)

 

 

 

 

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