Nuestra espiritualidad, una espiritualidad mariana, comprometida y peregrina

 

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Uno de los elementos constitutivos del carisma es el amor a María, Madre de Cristo, bajo la advocación de la Merced (Const. 3). En María se mira la hermana mercedaria de la caridad y la contempla como modelo de consagración al Padre, como discípula en el seguimiento del Hijo, y en docilidad al Espíritu (Const. 9).

El Padre Fundador quería que nos mirásemos constantemente en María para asemejarnos a Ella como mujer, como creyente y como discípula del Evangelio de la caridad. Todas hemos experimentado que, mirando a María cotidianamente, con los ojos del corazón, y tratando de entrar en su ser más íntimo, allí donde su identidad original nos puede llegar a configurar con Ella, aprendemos de verdad a ser mujeres en plenitud, discípulas más comprometidas con la causa de Jesús, su Hijo, y evangelizadoras por el mundo entero siendo merced y caridad redentora para todos.

Nuestra relación con María es una relación comprometida. No puede ser solo una relación presidida por el fervor de la oración donde alabamos y bendecimos a Dios por esta mujer, su Madre, única en la historia de la humanidad. Tiene que ser una relación que nos conduzca, como a Ella, a la entrega incondicional a todos los seres humanos, especialmente a los que más sufren. En sus entrañas de mujer y de madre bebemos todos los días la ternura de Dios, su amor y su misericordia para ser merced. Este agua de ternura y compasión, de consolación y de misericordia debe llenar humanidad y de humanización nuestros pensamientos, nuestros sentimientos, nuestras actitudes y nuestros comportamientos. N0 podemos decir que la amamos y nos asemejamos a Ella, como quería el P. Fundador, y permanecer invulnerables ante el dolor ajeno. No podemos decir que seguimos a María, mujer del pueblo y peregrina, solidaria y liberadora, que hace un camino de esperanza con los más desfavorecidos, y quedarnos tranquilamente en nuestras cosas como si el dolor del que nos hablan los medios no fuera con nosotras. No podemos decir que somos misericordiosas y “merced de Dios”, como Ella, cuando nuestro corazón permanece endurecido y anquilosado, sin capacidad de conmoverse y de anhelar, con entrañas de maternidad divina y humana, que todos los seres humanos sean queridos, custodiados y tenidos en cuenta por su dignidad de personas y renazcan constantemente a la vida en abundante, que el Evangelio nos regala en Ella.

María, María de la Merced, la que miran todos los días nuestros ojos en nuestras capillas, con esa elegancia natural de nuestras imágenes, irrumpe todas las mañanas en nuestros corazones haciéndonos desear y buscar, en la medida de lo posible, que todos los seres humanos conozcan la ternura de Dios y se recreen en ella. Que cada hombre y mujer de nuestro mundo reciba la liberación de sus esclavitudes, de sus muertes cotidianas, de sus pecados y de sus dolores más hondos, de sus lágrimas que empañan el rostro materno de Dios sobre la tierra.

Qué bello sería si, como María, hiciéramos todos los días el camino “de a pie” que pide nuestra espiritualidad para “integrar el proyecto redentor de Jesús en nuestro proceso existencia del fe y de vocación, y  vivirlo a la luz de Jesucristo Redentor, nuestro gran amor”. Y, que en este proceso, Ella, la mujer del pueblo y peregrina, nos enseñara a acercar la humanidad al amor de Dios Padre que Jesús reveló con su vida y con su muerte. Ella, ya lo dicen las Constituciones, nos puede acercar, y de hecho nos acerca, en su condición de mujer, y como pobre de Yahvéh a todas las personas que sufren, mostrándonos el camino del Evangelio de la caridad hecho cercanía, acogida, justicia y misericordia (Cf. Const. 10)

Si hoy miramos a María, y vemos en sus ojos los nuestros, cargados con el dolor de la humanidad, y sentimos que nuestras entrañas se conmueven por el dolor ajeno, sabremos de verdad que “somos merced de Dios para el mundo”. Y nuestro Fundador, desde el cielo, que tanto amó a María de la Merced, derramará carisma de merced abundantemente para que nuestra feminidad sea en el mundo de hoy y para los pobres

 

 

 

 

 

 

 

 

una gracia humana acicalada de Evangelio que redime, salva y libera.

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