Nuestra espiritualidad es una espiritualidad que hunde sus raíces en la comunión de Dios. El diálogo interreligioso y la comunión con otras Iglesias un desafío en nuestra misión

www-kizoa-com_collage_2017-01-15_10-34-31

Ciertamente que lo que celebraremos el día 25 de enero, fiesta de la conversión de San Pablo, es la unidad de todas las Iglesias cristianas. Durante nueve días hemos estado orando por la unidad de los cristianos pues, sin duda, es el sueño de Dios y el deseo de Jesús cuando oró al Padre pidiendo: Padre que todos sean uno para que el mundo crea (Jn 17,21).

Siempre me ha impactado mucho esta frase de Jesús. En un determinado momento de la vida llegué a comprender que nada puede hacer el cristiano en la difusión del Evangelio sin permanecer fuertemente unido  al Dios vivo y a cada uno de sus hermanos. Lágrimas de ternura y de compasión derrama nuestro Dios cuando nos ve anunciando el nombre de Jesús hasta los confines de la tierra sin vivir unidos, como a veces lo estamos, sin regalar la fraternidad a manos llenas como fruto de la participación cotidiana en la Eucaristía.

El Dios en el que creemos es Trinidad y comuníón de personas. Es la identidad más profunda del Dios amor, que nos dio un sólo mandamiento: el amor,  y que pide  la experiencia y el testimonio de la comunión para que el mundo crea. Podremos tener las mejores programaciones para la misión y la Evangelización de la Iglesia, pero estas no darán el fruto deseado si de nuestro pecho no brota cada día la conversión a la unidad más profunda y a la comunión de vida y de esperanza. El rostro de la unidad es el rostro de la alegría, de un amor que se derrama en gestos de manos entrelazadas, de miradas cómplices con el sueño de Dios, de corazones que se completan desde la fascinación que sienten por el Evangelio y porque Jesús sea conocido y amado hasta los confines del mundo. El rostro de la unidad es una mesa y un banquete presidido por el Señor a cuyo alrededor están todos sus hijos vinculados, unidos, en comunión, en empatía evangélica, en futuros de esperanza compartidos.

Por eso, celebrar esta fiesta en la que se pide y se desea la comunión de todas las Iglesias cristianas, es comprometernos seriamente en vivir al interno de nuestras comunidades el amor fraterno, la unidad y la comunión… Y esto, como dice el Evangelio, para que el mundo crea. El que el mundo sea salvado, liberado, para que entre en comunión con el Dios que es su esperanza y se realice en  la plenitud de su vocación, es necesario que nosotras, hermanas mercedarias de la caridad, vivamos unidas y en comunión nuestro estilo de vida y de misión. También hoy a nosotras nos dice Jesús: Padre, que todas sean una para que el mundo crea.

Además, elementos importantes de nuestro carisma para entrar en relación con los demás son el diálogo y la comunión. Experiencias humanas que se extienden también a todas las realidades eclesiales. El número 41 de las Consituciones nos pone en el camino del diálogo interreligioso: El diálogo es un arte de comunicación humano espiritual. Es una marcha en compañía hacia la verdad, intercomunicación en donde se da, se busca y se recibe. En el se descubren cuán diversas son las vías que llevan a la luz de la fe y como es posible hacerlas converger hacia el mismo fin…

Y se dice de la comunión: La Congregación debe fomentar la intercomunión entre sus miembros, expresando así la unidad de vida y de misión de todo el Instituto. La diversidad de gracias, servicios y funciones congrega en la unidad a los hijos de Dios, porque todas estas cosas son obra del único e idéntico Espíritu (Const. 119)

Y en el número 69, en la dimensión de la misión del Instituto proclama: Uno de los objetivos principales de la Iglesia es fomentar la espiritualidad de la comunión y el diálogo de la caridad en la difusión del Evangelio. Comprometidas con el sentido eclesial de comunión, y fieles a nuestro propio carisma, estamos llamadas a colaborar y a formar parte de todas las iniciativas que logren la unidad de todos en el sueño de Jesús: Padre que todos sean uno para que el mundo crea.  (cf. Const.69)

Por tanto, para celebrar con sentido esta fiesta del 25 de enero en la que tanto empeño ponemos, sobre todo en orar y ser fieles a las propuestas de oración que se nos envían desde la misma Iglesia, hay que decir que no basta con esto, siendo la oración muy importante. Nuestras comunidades tienen que ser TESTIGO Y TESTIMONIO DE LA COMUNIÓN DE DIOS, no permitiendo entre nosotras ninguna división, tratando de integrar a todas las hermanas en el círculo del amor comunitario y vivir en la relación fraterna la misma ternura, compasión, consolación y acogida de Dios por todos sus hijos. Hasta que en nuestras comunidades no nos acojamos y amemos como hijas de Dios, hijas de un Padre común que cada mañana nos convoca, a cada una, a la mesa del Pan y la Palabra para gustar las delicias de su amor paternal, no podremos decir que la unidad de todas las Iglesias nos importa. La unidad de las Iglesias cristianas pasa por todas nosotras y por cada una de nuestras comunidades.

Hasta aquí llega la radicalidad de nuestro compromiso con la unión de todos los cristianos. Que Dios Padre, por su Espíritu, nos de su gracia y nos recree en su amor.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

w

Conectando a %s