Sentido de la “Epifanía del Señor”

LA EPIFANÍA DEL SEÑOR

EPIFANIA

Como bisagra entre el primer y segundo período del Tiempo litúrgico de la Navidad está la entrañable fiesta de la Epifanía, una de las fiestas más antiguas que celebramos en el calendario litúrgico, más aún que la misma Navidad (probablemente es la segunda más antigua después de la Pascua). Popularmente se la conoce como la fiesta de los Reyes Magos, esos tres personajes que llegados de Oriente se postraron ante el Niño para ofrecerle no sólo sus regalos (oro, incienso y mirra) sino la veneración de todo el mundo “gentil”. Primero fue el “Pueblo elegido”, el Pueblo de Israel, el que se postró ante el Niño después de que un ángel anunciara a unos pobres pastorcillos que Dios había nacido en una humilde posada en Belén, cumpliéndose así las Escrituras. Todos corrieron a verle y le adoraron. Después de este glorioso acontecimiento, doce días después, la liturgia nos presenta la fiesta de la Epifanía en la que vemos cómo el mundo entero, representado en unos “extranjeros”, conoció el gran misterio de la Encarnación: Dios se ha manifestado en su Hijo para la salvación de la humanidad toda, de oriente a occidente, de norte a sur.Toda la liturgia de este día habla de la luz de Cristo, de la luz que se encendió en la noche santa. La misma luz que guió a los pastores hasta el portal de Belén indicó el camino, el día de la Epifanía, a los Magos que fueron desde Oriente para adorar al Rey de los judíos, y resplandece para todos los hombres y todos los pueblos que anhelan encontrar a Dios.

Epifanía (επιφάνεια), voz griega que a veces se ha usado como nombre de persona, significa “manifestación”, pues el Señor se reveló a los paganos en la persona de los magos.

Historia de la fiesta

Las primeras referencias provienen del siglo II, de Egipto. El primero en informarnos es Clemente de Alejandría, quien atestigua que los herejes gnósticos basilidianos celebraban el 6 de enero el Bautismo de Jesús en el Jordán. La razón de que estos herejes celebraran el Bautismo del Señor en una época en que los cristianos no conocían otra fiesta que la Pascua y el domingo (prolongación de la Pascua) era la creencia de que la encarnación de Dios en Jesús tuvo lugar en este momento, cuando una voz del cielo proclamó: «Éste es mi hijo amado en quien me complazco» (Mt 3,17). La razón de la fecha es que en Egipto el solsticio de invierno se celebraba el 6 de enero.

La relación de este día con la herejía gnóstica y con la religión pagana hizo que los cristianos no tuvieran en cuenta esta fecha. Pero a partir del siglo IV aparecen numerosos testimonios que dan fe de su celebración en las Iglesias. A la vez que se generalizó la Navidad en Occidente, en Oriente se extendió una fiesta de la manifestación del Señor en la carne y de la revelación de su divinidad.

Cuando la festividad romana de la Navidad empieza a entrar y ser aceptada en las Iglesias de Oriente, a partir del 370, la Epifanía empieza a perder allí su primigenio sentido de celebración del nacimiento de Cristo. Es más, no siendo este el único significado de que estaba revestida dicha solemnidad (se solía celebrar en una sola fiesta la adoración de los magos, el bautismo de Cristo por Juan y el primer milagro que Jesucristo, por intercesión de su madre, realizó en las bodas de Caná), empezó a subrayarse la conmemoración del Bautismo del Señor como motivo principal. Y así hasta el día de hoy en las Iglesias que siguen la liturgia bizantina.

En Occidente esta festividad conservó durante un tiempo este sentido de celebrar las diferentes manifestaciones del Señor, pero debido al texto que se solía leer en este día relacionado con la adoración de los Magos, en la Edad Media se le concedió un carácter “histórico” al día y en la mentalidad popular religiosa poco a poco pasó a convertirse en la fiesta de los tres “Reyes Magos”.

Los Reyes Magos

Reyes Magos

El cristianismo occidental desarrolló una elaborada tradición alrededor de estas figuras orientales —fijando su número en tres e identificándolos con tres reyes, llamados Melchor, Gaspar y Baltasar—, una tradición que incluía el redescubrimiento de sus cuerpos en la iglesia de san Eustorgio en Milán (1158), a donde habían sido trasladados desde Constantinopla en el siglo IV, y su retraslado y depósito en la catedral de Colonia por orden de Federico Barbarroja (1164).La presencia de los Magos ya había sido anunciada en el Antiguo Testamento en el libro de los Reyes e Isaías. San Mateo los describe como “magos de Oriente”. Que fuesen tres y reyes, es una tradición que se consolidó rápidamente, como demuestra Orígenes, teólogo del siglo II. Probablemente se trataba de sacerdotes de Babilonia, del culto de Zoroastro, dedicados a la astrología.

En el siglo V, León Magno fija en tres el número de reyes, representando así las tres razas humanas: la semítica, representada por el rey joven; la camítica, representada por el rey negro; y la jafética, representada por el rey más anciano. A partir del siglo XV, con el descubrimiento de nuevas tierras, adquieren sus rasgos definitivos.

 

Los dones de los Magos. Desde antiguo se interpretaron como una manifestación de la identidad del Niño: el oro se ofrecía a los reyes, el incienso a Dios y la mirra era utilizada para ungir los cadáveres antes de la sepultura: «Le ofrecieron regalos: oro, como a rey soberano; incienso, como a Dios verdadero; y mirra, para su sepultura» (Ant. Benedictus 7 de enero).

La universalidad de la salvación. Los Santos Padres vieron en los Magos de Oriente un anticipo de los pueblos no judíos, llamados a encontrar la salvación en Cristo. Así lo interpreta san León Magno: «Que todos los pueblos vengan a incorporarse a la familia de los patriarcas. Que todas las naciones, en la persona de los tres Magos, adoren al Autor del universo, y que Dios sea conocido en el mundo entero». Los Magos son la primicia, a la que siguen muchos otros. Porque se vio en estos personajes un anticipo de los paganos que habían de convertirse al Señor, y para indicar que la salvación es para todos, se terminó por pintar a uno negro (africano), a otro de piel amarilla (asiático) y a otro blanco (europeo), representando a los tres continentes que se conocían en la antigüedad. La Epifanía anuncia la universalidad de la Iglesia Católica, llamada a evangelizar a todos los pueblos.

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