Una lectura que escancia el alma y que nos pone en las rutas de la verdadera amistad espiritual. La pregunta es: ¿No podríamos ayudarnos nosotras de esta forma?

De las Disertaciones de san Gregorio de Nacianzo, obispo

Nos habíamos encontrado en Atenas, como el curso
de un río que, naciendo en una misma patria, se divide
luego hacia diversas regiones (a donde habíamos ido por
el afán de aprender) y de nuevo, de común acuerdo, por
disposición divina, vuelve a reunirse.

Por entonces, no sólo admiraba yo a mi grande y que-
rido Basilio, por la seriedad de sus costumbres y por la
madurez y prudencia de sus palabras, sino que inducía
también yo mismo a los demás que no lo conocían a que
le tuviesen esta misma admiración. Los que conocían su
fama y lo habían oído ya lo admiraban.

¿Qué consecuencias tuvo esto? Que él era casi el único
que destacaba entre todos los que habían venido a Ate-
nas para estudiar, y que alcanzó honores superiores a
los que correspondían a su condición de mero discípulo.
Éste fue el principio de nuestra amistad, el pequeño
fuego que empezó a unirnos; de este modo, se estable-
ció un mutuo afecto entre nosotros.

Con el correr del tiempo, nos hicimos mutuas confi-
dencias acerca de nuestro común deseo de estudiar la
filosofía; ya por entonces se había acentuado nuestra
mutua estimación, vivíamos juntos como camaradas, es-
tábamos en todo de acuerdo, teníamos idénticas aspira-
ciones y nos comunicábamos cada día nuestra común
afición por el estudio, con lo que ésta se hacía cada vez
más ferviente y decidida.

Teníamos ambos una idéntica aspiración a la cultura,
cosa que es la que más se presta a envidias; sin em-
bargo, no existía entre nosotros tal envidia, aunque sí el
incentivo de la emulación. Nuestra competición consistía
no en obtener cada uno para sí el primer puesto, sino
en obtenerlo para el otro, pues cada uno consideraba
la gloria de éste como propia.

Era como si los dos cuerpos tuvieran un alma en
común. Pues si bien no hay que dar crédito a los que
afirman que todas las cosas están en todas partes, en
nuestro caso sí podía afirmarse que estábamos el uno
en el otro.

Idéntica era nuestra actividad y nuestra afición: as-
pirar a la virtud, vivir con la esperanza de las cosas fu-
turas y tratar de comportarnos de tal manera que, aun
antes de que llegase el momento de salir de esta vida,
pudiese decirse que ya habíamos salido de ella. Con es-
tos pensamientos dirigíamos nuestra vida y todas nues-
tras acciones, esforzándonos en seguir el camino de los
mandamientos divinos y estimulándonos el uno al otro
a la práctica de la virtud; y, si no pareciese una arro-
gancia el decirlo, diría que éramos el uno para el otro
la norma y regla para discernir el bien del mal.

Y, así como hay algunos que tienen un sobrenombre,
ya sea heredado de sus padres, ya sea adquirido por
méritos personales, para nosotros el mayor título de
gloria era el ser cristianos y ser con tal nombre reco-
nocidos.

0102-wbasiliogregorio_02enero

 

 

 

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

w

Conectando a %s