Nuestra espiritualidad hunde sus raíces en el misterio de la encarnación

Nuestra espiritualidad de hermanas mercedarias de la caridad hunde sus raíces en los principales misterios cristianos de la encarnación y de la pascua de Jesús, que según dicen los expertos, son dos dimensiones del único misterio revelado en el Hijo de Dios, que hoy contemplaremos como sol que nace de lo alto, haciendo realidad la auténtica liberación con la que sueñan los pueblos.

Celebrar la navidad para nosotras, hermanas mercedarias, es adentrarnos en el humus de la tierra, en la que nacerá el Hijo de Dios en señales casi irreconocibles para quienes lo buscan lejos de la revelación en la que el mismo Dios ha querido hacerse visible. Nace de una mujer irrelevante, en un pueblo perdido de la Galilea de los gentiles, lejos de los oropeles del mundo, emigrante por causa de un censo, en un establo por no encontrar casa, pequeño y pobre, llorando, tenido en cuenta por unos simples pastores, gente sencilla y humilde. Nace en la debilidad, la pobreza, la fragilidad, el llanto. Nace entre lo que no cuenta, en medio de los que no tienen ni dinero, ni poder; siendo uno de tantos y uno con todos. Nace como uno de nosotros.

Contemplar la estampa de Belén, en la que nuestro yo original de mercedarias de la caridad hunde sus raíces, nos lleva a contemplar la “merced de Dios” en estas señales humildes, sencillas y pobres que definen nuestra vocación y nuestra vida y que nos conducen al compromiso de nacer en el mundo “como merced de Dios” con estas mismas señales, y no con otras. Señales que, además, nos hacen caminar al lado de aquellos hermanos nuestros que, como el Hijo de Dios, han llegado y están en nuestra tierra como Él:  pobres, humildes, emigrantes, crucificados, marginados, en las márgenes del mundo . Nuestra vocación de hermanas mercedarias es una llamada a repetir con nuestra propia vida estas señales de la encarnación del Hijo de Dios que, por otra parte, congregan a todos en el sol que nace de lo alto, en la luz que desciende desde arriba como liberación, en la gracia de la pequeñez y de la fragilidad que se revela como la esencia de la Buena noticia, en la fuerza de lo pobre y de lo que no cuenta para que Dios sea Dios en nuestra vida y en la vida de todos los seres humanos. El Evangelio de la encarnación nos invita a ponernos de rodillas, a contemplar, a adorar, a hacer silencio ante un misterio inaudito que nos sobrepasa: Dios, siendo Dios, se abaja, desciende, se achica, se introduce en el corazón del humus, de lo que no cuenta, y camina a nuestro lado como el más pequeño y humilde de los seres humanos nacidos de mujer. De esta forma eleva la dignidad de los pueblos y de todos los seres humanos.

El Beato Zegrí nos dice que Dios quiso tomar un establo para su nacimiento y una cruz para su muerte... Esta frase que leemos a veces de corrida, nos viene a marcar el camino de la vivencia de nuestra vocación. Es una frase radical. Además, él puso en nuestra vida la virtud de la humildad como la primera virtud, antes de la caridad. Porque sabía que sin humildad es imposible acoger el amor de Dios que se hace realidad en Belén, y el amor de Dios que se hace visible en el sol que nace de lo alto. Encarnación es fundamentalmente humildad… Es realidad, es fe vivida en lo cotidiano, es vocación entregada al totalmente Otro para que los otros, nuestros hermanos, tengan vida y vida abundante. Es caminar por los caminos polvorientos de los pobres del mundo siendo merced y gracia, liberación y redención. Si nuestros pies no están manchados de pobreza y de polvo, la navidad dejará de tener sentido en la misión que realizamos.

Contemplemos hoy y hagamos realidad también con nuestra vida de mujeres discípulas al servicio del Evangelio de la caridad, lo que dice Pablo de este misterio vivido por María con una fe desnuda y avalada por el mismo sol que nace de lo alto, la primera discípula: “Pero, llegada la plenitud de los tiempos, Dios envió a su Hijo, nacido de mujer, nacido sujeto a la ley, a fin de rescatar a los sujetos a la ley, con objeto de conferirnos la adopción filial. Y la prueba de que vosotros sois hijos, es que Dios ha introducido en nuestros corazones el Espíritu de su Hijo que grita: ‘¡Abba! ¡Padre!’ de modo que ya, tú no eres esclavo sino hijo y por tanto, heredero de parte de Dios” (Gálatas 4, 4-7).

Que los hombres y mujeres de hoy lleguen a saber que son Hijos de Dios porque nuestra vida es una revelación de este misterio de la encarnación por el que todos llegamos a ser hijos y hermanos.

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