Espigando en los Documentos capitulares del XXI Capítulo general

1.- El proyecto histórico carismático de la Congregación realiza la misión de la Congregación en el mundo y en la Iglesia

 El Proyecto histórico carismático de la Congregación realiza la misión que la Iglesia nos ha confiado entre los más pobres y humildes de la tierra. Un proyecto que se enriquece cada día con la vida de todas y de cada una de las hermanas que viven con sentido su vocación, el carisma congregacional y la misión como entrega a los más necesitados, haciendo realidad todos los sueños del P. Fundador que decía: la caridad no concluirá mientras haya un solo dolor que curar, una sola desgracia que consolar, una sola esperanza que derramar en los corazones ulcerados; mientras haya regiones lejanas que evangelizar, sudores que verter y sangre que derramar para fecundizar las almas y engendrar la verdad en la tierra. La vida y la vocación de las hermanas es, junto al carisma, la riqueza más grande que tiene la Congregación.

En estos momentos podemos decir que las hermanas toman conciencia de la importancia de su vida en la misión de la Iglesia y de la Congregación, así como de su vocación al servicio de los más pobres y humildes de la tierra, y que se realizan según el proyecto histórico carismático que todas hemos elegido en libertad. Hay conciencia de llamada, de vocación para ser hermanas mercedarias de la caridad, y de envío a la misión, para curar todas las llagas, remediar todos los males, calmar todos los pesares… Una conciencia creyente que nos lleva a sabernos mujeres recibidas para ser mujeres fecundas y mujeres creyentes al servicio del Evangelio de la caridad y de la vida.

Uno de los objetivos de este sexenio ha sido crear entre nosotras cuerpo congregacional y sentido de familia. Recrear nuestro sentido de identidad y de pertenencia. No ha hecho falta mucho para lograr crecer en este sentido esencial, ya que todas las hermanas sabemos que es la Congregación la que garantiza nuestra vocación en la Iglesia y que es ella la que custodia el carisma que la enriquece y la proyecta como merced de Dios en el mundo. Todas las hermanas profundizan y exteriorizan su opción libre y madura de pertenencia e identidad congregacionales, consolidando la propia vocación. Esto nos conduce a situarnos en la historia de hoy y en la Iglesia sabiendo quiénes somos y cuál es nuestra misión al lado de los que sufren (cf. Dirt. 5). Siempre tendremos que crecer en este sentido, porque es la Congregación la familia religiosa que garantiza todos los dinamismos vocacionales y de misión entre las hermanas.

Con todo, la cultura de relaciones fragmentadas de la que formamos parte hace que, a veces, nuestras vinculaciones más fundamentales se resientan y conviene que, con lucidez y sabiduría del corazón, reflexionemos constantemente en el sentido de identidad y de pertenencia para que construyamos hogar, comunión y unidad, muy importante para que nuestro proyecto histórico dé los frutos que se esperan de él en el mundo y en la Iglesia.

Ya lo dijo Jesús: Padre, que todos sean uno para que el mundo crea (Jn 17,21). Cualquier proyecto histórico carismático que quiera revelar en el mundo el rostro de Dios y la salvación de Jesús, tiene que testimoniar esta unidad y esta comunión entre sus miembros, pedida por Jesús en la última cena. Es una condición “sine qua non” para que la buena noticia llegue a los destinatarios. En este sentido, es importante que en la Congregación se sigan trabajando las relaciones significativas. Todos nuestros Documentos están escritos en clave de relación y piden a las hermanas vivir una relación humano evangélica que haga creíble el Evangelio de la caridad que hemos recibido como carisma y que vivimos como liberación de los pobres. Nuestro proyecto histórico será vehículo de la buena noticia de Jesús si nosotras, hermanas mercedarias de la caridad, nos amamos entrañablemente y hacemos de nuestras comunidades hogares donde la caridad de Dios se despliegue cotidianamente en gestos redentores, que acerquen la redención y la liberación de Dios a los humildes del pueblo. Por tanto, sobre lo ya conseguido, que es mucho, porque hay mucha vida entre nosotras, tenemos que seguir sembrando en la tierra fértil de la caridad y de la entrega sin condiciones. La siembra de la caridad nos llevará a obtener frutos de justicia, de paz y de solidaridad.

2.- Desarrollo de la espiritualidad de la Congregación

La espiritualidad de la Congregación, como dicen nuestros Documentos (Const. 6) brota del carisma, y especialmente de los tres elementos constitutivos: Jesucristo Redentor, la caridad redentora y María de la Merced. Estos elementos profundizados, interiorizados, desarrollados, vividos y compartidos por cada hermana en la comunidad y en la misión dan cuerpo a la espiritualidad de la Congregación. Por tanto, cada hermana y todas las hermanas, viviendo cada día su vocación de hermana mercedaria de la caridad en la misión, realizan y desarrollan la espiritualidad que todas vivimos como una verdadera gracia y como un camino que nos lleva a crecer como mujeres creyentes y como discípulas.

La espiritualidad es importante en una Congregación porque ella nutre nuestra vocación y, a la vez, es un camino para la misma. Viviendo el amor a Jesucristo Redentor, la caridad redentora en gestos y el amor a María realizamos un camino de fe, como respuesta vocacional al Dios que nos ha llamado y nos ha elegido. Un camino de fe avalado por la fidelidad de Dios, por las hermanas que nos precedieron y por todos aquellos que hacen de nuestra espiritualidad un manantial de vida cristiana.

En estos momentos podemos decir que la espiritualidad de la Congregación ha sido enriquecida notablemente en estos últimos años por todas y cada una de las hermanas mercedarias con su vivencia y respuesta a la vocación recibida:

  1. a) Amor a Jesucristo Redentor

Las hermanas viven cada vez más enamoradas de Jesucristo Redentor y lo expresan en caminos de fe y de vocación que edifican la vida de nuestras comunidades y hacen fecunda la misión. Tratamos de vivir el seguimiento de Jesús con esencialidad y procuramos, en la medida de lo posible, expresar nuestra consagración con un amor fiel, apoyadas siempre en la fidelidad de Dios, que es eterna. La expresamos viviendo la centralidad de nuestro amor a Jesucristo y por Él a toda la humanidad; la totalidad en la entrega a Él y a su proyecto; la gratuidad en el servicio a los pobres y en nuevas formas de relacionarnos con las personas, con la sociedad y con el cosmos. Relación que nos hace entregar los frutos de la redención en gestos concretos de caridad y contribuyendo a la realización y expresión de la fraternidad universal. El amor y la entrega a Jesucristo Redentor es tan fuerte en la Congregación que todas las hermanas estamos en camino de configuración con sus mismas actitudes y sentimientos pues sabemos que, sin su amor y sin participar en su misterio pascual, no podemos liberar a los pobres de sus esclavitudes ni ser merced de Dios en el mundo.

  1. b) La caridad redentora

Las hermanas vivimos la caridad redentora hacia dentro y hacia fuera de las comunidades apoyadas en el amor de Dios que todos los días bebemos en la Eucaristía, en la misma comunidad y en el ejercicio de la caridad en la misión, porque los pobres nos entregan gratuitamente el amor de Dios. Realizamos en comunión el proyecto de vida de Jesús y una misma experiencia carismática encarnadas en la historia de hoy. Vivimos una caridad gestual que crea y recrea nuestras comunidades en el amor haciendo de ellas ámbitos de la nueva humanidad, de experiencia trinitaria en las relaciones, de fraternidad en Cristo y del ser de la Iglesia. Esta vivencia enriquece enormemente nuestra espiritualidad con nuevos elementos que nos descubren que el camino es siempre nuevo y que, con la vivencia de todas, vamos enriqueciendo ese proyecto histórico de Jesús que seguimos desde nuestra llamada, y que vamos descubriendo paulatinamente para nuevas exigencias de entrega, de conversión y de renovación. Las hermanas vivimos la caridad samaritana con los pobres, siempre desde una mayor encarnación e inserción e inculturación., dejándonos evangelizar por ellos.

La caridad de Dios es para nosotras un santuario de vida al que nos acercamos cada día para poder vivir como samaritanas de la misma caridad en medio del pueblo, regalando merced de Dios y liberación a cuantos sufren. El ágape de Dios preside nuestra vida y vocación y nos introduce en una corriente de gracia que estamos llamadas a regalar a las personas que se cruzan diariamente en nuestros caminos.

  1. c) El amor a María, bajo la advocación de las Mercedes

Las hermanas vivimos el amor a María, la mujer nueva, dándola a conocer y amar como quería el P. Fundador, pero, sobre todo, poniendo nuestras pisadas en sus huellas para tener sus mismas actitudes y sentimientos con respecto al Padre y a la humanidad. Hemos pasado en la Congregación de tener una devoción cultual a la Madre de Dios a vivir un camino de fe con Ella y junto a Ella, porque Ella nos pone siempre con Jesús, y nos desvela constantemente el Evangelio de la caridad para ser vivido en comunidad y para entregarlo a los pobres más pobres, siendo peregrinas de su merced por los caminos del mundo. Con Ella aprendemos la entrega cotidiana de nuestra vida al Señor amando como Dios ama. Ella nos ha enseñado y nos enseña el camino de la nueva humanidad y a vivir el Evangelio con el compromiso de hacer el camino pascual que realiza nuestra vocación. Ella nos da fuerza para estar y permanecer al pie de la cruz y para recibir, con una maternidad llena de ternura y de amor misericordioso, a los crucificados de la tierra.

Constantemente nos acercamos a esta mujer y discípula que nos introduce en el pueblo de Dios teniendo sus mismas actitudes maternales con respecto a las personas que más sufren y más nos necesitan. Con ella somos Evangelio de caridad y providencia visible de los pobres, como quería nuestro querido Fundador.

De la misma manera, hemos desarrollado todos y cada uno de los elementos integrantes del carisma, dando entidad propia a las virtudes humanas que los constituyen: caridad, misericordia, humildad, abnegación, disponibilidad, universalidad, gratuidad, afabilidad, sencillez, alegría y acogida. Estas virtudes evangélicas tienen ya el estilo de vida de nuestro Instituto y se expresan en gestos mercedarios que revelan que la caridad es merced y liberación. Igualmente, puedo decir de la índole propia del Instituto, de la misión y de la misma formación. Nuestra espiritualidad es ya entre nosotras un camino propio, avalado por el Evangelio de la caridad y por una manera particular de estar en el mundo, derramando sobre toda realidad y sobre todas las personas la merced de Dios. En este sentido, ha sido la oración personal, comunitaria y eucarística la que nos ha sostenido permanentemente.

La experiencia de Dios en la oración, en la vida comunitaria y en la misión, ha sido y seguirá siendo nuestro punto de apoyo más importante. En esta espiritualidad mercedaria de la caridad es la oración el ámbito, más que el espacio, en el que nos movemos como relación íntima de quien sabemos nos ama y de quien estamos profundamente enamoradas, la que da sentido y profundidad a nuestra vida. Hemos comprendido que vivir introducidas permanentemente en el misterio de Dios es lo único que nos da felicidad existencial y lo único que realmente hace fecunda nuestra vida y nuestra misión. La oración con la Palabra, en los contextos en los que nos movemos, y en la misión que realizamos, es como el rocío de la mañana que lo escancia y lo fecunda todo. Los momentos de oración son los más cuidados de nuestra jornada, porque es en la oración donde de verdad encontramos la razón de ser y de vivir, y de donde extraemos la fuerza para poder estar con los seres humanos más pobres, anunciando el Evangelio de la caridad y dando la vida por ellos. Hace un tiempo, en base a una mal entendida “inserción”, las hermanas iban a la misión sin oración. Ahora, hemos superado ese momento, entre otras cosas, porque los proyectos comunitarios y apostólicos prevén el ejercicio de la oración y la oración misma como quería nuestro Fundador que decía que, en la orión se aprenden todas las virtudes.

En este camino de la espiritualidad, hemos tratado de dar realce, durante el sexenio, a la vida sacramental, sobre todo a la vivencia de la Eucaristía y del sacramento del perdón. Esto es siempre así, pero nunca está de más recordar que la Eucaristía nos ayuda a vivir con gozo, y cada día, el don del carisma ya que la Eucaristía, fuente de vida en la Iglesia, nos inserta en el misterio pascual de Cristo (fundamento de nuestra vocación), nos ayuda a vivir en comunión y nos compromete, personal y comunitariamente, a traducir en gestos de amor, el don recibido (Const. 54). A través de la confrontación fraterna y la revisión de vida, además de participar en el sacramento del perdón con asiduidad, restauramos constantemente nuestras relaciones, haciendo de ellas un espacio en el que se revela el amor y la relación trinitaria. Cuidar la relación, construirla y restaurarla ha sido también una de las prioridades de este sexenio, pues una exigencia grande de nuestras Constituciones es vivir nuevas formas de relación con las personas, con la sociedad y con el cosmos (Const. 11).

Todo ello nos ha llevado a vivir un gran sentido de identidad y de pertenencia al Instituto que se expresa en gestos de gratuidad y de gratitud al mismo, y a vivir la misión de la difusión del Evangelio con más pasión, sabiendo que la eficacia de nuestra labor apostólica será tanto mayor cuanto más y mejor asimilemos nuestro carisma y espiritualidad, cultivemos el espíritu de oración, vivamos los consejos evangélicos y demos testimonio de vida fraterna en comunidad (cf. Dirt. 76).

 

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